Es un debate que en las últimas semanas se ha dado entre los economistas Paul Krugman y Philippe Aghion. Para el primero, la diferencia entre Europa y Estados Unidos en productividad, riqueza y calidad de vida, en realidad, no es muy elevada. Aghion, en cambio, considera que Krugman incurre en inexactitudes de cálculo y que el declive ha sido constante desde los 90. Señala que Europa no puede depender solamente de su estado de bienestar para mantener su calidad de vida; además, necesita de medios ambientes favorables a la innovación, invertir en tecnologías avanzadas y la expansión de empresas innovadoras europeas. Europa, en su diagnóstico, que coincide con el informe Draghi, se mantiene en un nivel tecnológico medio, que limita y va a limitar aún más su crecimiento; sin un salto en innovación, sin la adopción de nuevas tecnologías, no podrá mantener sus salarios y estándares de vida.
Aghion señala que lo que Europa requiere es un mercado único más profundo, más integrado, mercados de capital comunes y, por tanto, más fuertes y sofisticados, menos regulación y una mayor tolerancia a la destrucción creativa, a la entrada y salida rápida de empresas, a la oportunidad de nuevos sectores que desplazan a los viejos. Eso no implica reducir sus estándares laborales o el Estado de bienestar, pero sí innovar. Europa, entonces, requiere de un Silicon Valley y de mecanismos más eficaces para financiar proyectos de capital de riesgo, de investigación y desarrollo para competir con los Estados Unidos. Europa se ha especializado en innovación incremental de «media tecnología», mientras que Estados Unidos y China avanzan en innovaciones radicales, especialmente en IA y tecnologías digitales.
Paul Krugman coincide en que Europa sufre un problema de estancamiento, pero su énfasis suele ser menos en la «falta de destrucción creativa» o en la innovación, y más en fallos de demanda agregada, política fiscal y en el diseño institucional del euro. Aghion propone una solución schumpeteriana y Krugman, más bien, una keynesiana. Europa, para crecer, de acuerdo con Krugman, requiere de mayores licencias fiscales, rediseñar sus impuestos, inversión pública en infraestructura, reducir el costo del financiamiento y evitar que el euro afecte a su sector externo. Su problema no es fundamentalmente de capacidad tecnológica; es como el de Japón: de un estancamiento secular que hay que mover. El problema, en esta perspectiva, es de políticas fiscales y monetarias muy restrictivas, producto del diseño de las instituciones europeas. Sin un giro fuerte de política fiscal y monetaria, las reformas estructurales tardan demasiado en producir efectos. Lo que parece es que Europa debería hacer ambas cosas: un paquete clásico para incentivar la economía y una estrategia para desarrollar tecnología de punta.
