Durante ya un tiempo considerable he escrito y hablado sobre la justicia, el Derecho, la política, las instituciones y los deberes que tenemos como mexicanos.
He señalado, cuando lo he considerado necesario, aquello que lastima a México; y también he defendido, con convicción, aquello que creo que lo merece.
Sin embargo, debo reconocer que no he hablado lo suficiente de los mexicanos que salvaguardan nuestra salud. Y tal vez no lo había hecho porque, como suele ocurrir, uno no alcanza a observar la grandeza de ciertas vocaciones sino hasta que la vida lo pone frente a ellas.
Recientemente pasé cerca de un mes en terapia media en el Hospital ABC de Santa Fe. Mi salud ha sido delicada y mi familia ha vivido conmigo momentos de profunda preocupación e incertidumbre.
En ese tiempo pude ver, de manera directa, lo que significa la medicina cuando se ejerce con ciencia, consciencia, disciplina y, sobre todo, con humanidad.
Porque un buen médico no solamente estudia, diagnostica y receta; un buen médico acompaña y entiende que detrás de cada expediente hay una historia, una familia, una angustia y una vida que merece ser cuidada con respeto y dignidad.
En México discutimos a diario de política, de economía, de justicia, de deporte y de religión, pero hablamos poco de quienes, todos los días, entran a su lugar de trabajo sabiendo que su jornada laboral sostiene la vida de una persona.
Hablamos poco de los médicos que pasan noches enteras de guardia, que toman decisiones bajo presión, que explican malas noticias con prudencia y buenas noticias con mesura; de quienes deben ser firmes sin ser fríos, compasivos sin perder claridad y cercanos sin dejar de ser profesionales.
La medicina es una de las expresiones más nobles del servicio, pues no se trata únicamente de sanar, porque no siempre se puede; sino que se trata de aliviar, de consolar, de orientar, de procurar dignidad.
En las etapas más delicadas de la enfermedad, cuando la ciencia y la técnica encuentran límites, se percibe con mayor claridad el valor del médico; ahí se distingue al profesional que cumple con el protocolo, pero que también mira a su paciente a los ojos y lo trata como humano.
Por eso quiero dedicar estas líneas al grupo de médicos y enfermeros del Hospital ABC de Santa Fe que cuidaron de mí con una entrega que jamás olvidaré.
Ellos hicieron mucho más que atender mi salud, pues me dieron cuidado, paciencia, respeto, cariño y una amistad invaluable en días en los que esas palabras tienen un peso gigante.
He visto en mi vida muchas formas de valor: el valor del que defiende una causa justa; el valor del que denuncia una arbitrariedad; el valor del que enfrenta al poder cuando el poder se equivoca; pero también existe otro valor, silencioso y cotidiano, el del médico que entra a la habitación de un paciente cansado y no se permite cansarse; el del médico que responde preguntas difíciles a una familia angustiada; el del médico que no presume su esfuerzo, pero lo entrega completo.
México necesita reconocer más a sus médicos, no sólo a los que ocupan cargos o reciben premios, sino a los que sostienen hospitales, consultorios, quirófanos y salas de urgencia con trabajo constante; a los que han hecho de la ciencia una vocación de vida; a los que saben que un minuto puede importar, que una palabra puede aliviar, que una decisión puede salvar; a los que todos los días actúan con prudencia y con honor.
La salud es, tal vez, el recordatorio más claro de nuestra fragilidad. Ningún cargo, apellido, trayectoria o experiencia nos vuelve invulnerables.
Todos, tarde o temprano, necesitamos de otros. Y cuando esos otros son médicos capaces, generosos y humanos, uno entiende que la gratitud no es un gesto menor, sino una obligación moral.
Por eso escribo estas palabras, para agradecer, para reconocer, para decir, con toda claridad, que los médicos que honran su profesión son indispensables para este país. Son guardianes de la vida, pero también de la dignidad.
Y cuando ejercen su labor con la excelencia y el cariño con que fui tratado, se convierten en algo todavía más valioso, en compañía, en consuelo y en esperanza.
A los doctores Roberto Alfonso de Leo Vargas, José Gabriel Chávez Sánchez, Braulia Aurelia Martínez Díaz, José Manuel Otero García, Diego Ontañón Zurita, Javier Suñiga Vargas, Andrea Martínez de la Vega Celorio, Hans de Jesús Cruz Bolaños y Juan José Menéndez, así como al personal de enfermería del Hospital ABC de Santa Fe, mi agradecimiento profundo.
Gracias por su talento, por su paciencia, por su entrega y por su humanidad. Gracias por cuidar mi vida y por cuidar también el corazón de mi familia.
En días difíciles, ustedes hicieron presente lo mejor de la medicina y, con ello, lo mejor de México.
La presente colaboración se envió a la redacción de el financiero antes de que fuera informado el fallecimiento de Don Javier Coello Trejo (qepd).
