El ataque de EE.UU. e Israel contra Irán lanzado a finales de febrero tenía cuatro objetivos principales: acabar con el liderazgo que Irán ha ejercido en este siglo entre los movimientos y países de mayoría chiita; derribar el régimen de los ayatolás; acabar con su programa nuclear, y reducir su capacidad balística. Se trataba de un objetivo compartido por Israel y las monarquías suníes del Golfo, pero de escaso interés estratégico para EE.UU., que se vio arrastrado al conflicto gracias a la persuasión israelí a la que sucumbió un estrecho de miras Donald Trump. El presidente no hizo caso de las advertencias de sus asesores sobre la resiliencia del régimen y, sobre todo, su capacidad para alterar la estabilidad de la economía mundial mediante el bloqueo del estrecho de Ormuz.
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