El récord del maratón ha vuelto a situar el foco en una cifra que durante décadas parecía un límite fisiológico: las dos horas. Bajar de ese umbral se había instalado en el imaginario colectivo como una frontera mítica, comparable a la milla de Bannister o los cien de Hines. Hoy ya no es una hipótesis, es un hecho. Aunque conviene interpretar bien lo que significa.
