Durante décadas, la cobertura mediática y la conversación pública sobre el fenómeno de El Niño-Oscilación del Sur (ENOS) se limitaron a preguntas sencillas: ¿lloverá más o lloverá menos hoy, hará más o menos calor?
Sin embargo, tras la confirmación oficial en junio de 2026 del desarrollo de un nuevo evento —que avanza hacia su punto máximo a finales de este año con un 20% de probabilidad de consolidarse como “muy fuerte”—, esa narrativa ha quedado corta.
De acuerdo con Periodistas por el Planeta, El Niño 2026 implica reconocer una realidad incómoda: el clima ya no se puede explicar únicamente desde la meteorología, ni sus desastres pueden atribuirse de forma simplista y exclusiva al cambio climático.
La realidad es que el ciclo 2026-2027 no llega a un planeta neutro. Se despliega sobre un océano global que rompió récords consecutivos de temperatura entre 2023 y 2025. El cambio climático antropogénico no inventó El Niño —un vaivén natural que el Pacífico repite desde hace milenios—, pero sí alteró su línea base. Hoy esto funciona como un multiplicador de riesgos que interactúa de forma directa con la economía, la política pública y las desigualdades estructurales.
Una lectura multidisciplinaria
Para comprender por qué un pulso de viento en el Pacífico ecuatorial termina alterando otros factores, debemos entender que la ciencia ha demostrado que el ENOS es un sistema acoplado donde el océano y la atmósfera están en constante diálogo a través de la denominada retroalimentación de Bjerknes.
Cuando los vientos alisios se debilitan debido a pulsos de viento del oeste, las Ondas Kelvin ecuatoriales transportan agua cálida hacia Sudamérica. Esta “tapa térmica” bloquea la surgencia de aguas frías y nutrientes, ahogando la productividad marina. El problema crítico es que este columpio térmico ocurre sobre océanos sobrecalentados por la quema de combustibles fósiles, lo que provoca transiciones impredecibles y extremas.
Además el fenómeno se manifiesta de forma asimétrica a lo largo del continente, por ejemplo, en Centroamérica y el Caribe, la crisis se presenta en forma de sequías severas, olas de calor, florecimiento masivo de sargazo y blanqueamiento de corales. Esto genera pérdidas directas en los cultivos agrícolas, una crisis imprevista en el sector turístico —que representa más del 30% del PIB en varias economías insulares— y problemas de abastecimiento de agua potable.
Por otro lado, en el Pacífico Sur, particularmente en Perú y Ecuador, el calentamiento costero y la supresión del afloramiento de nutrientes paralizan la pesca de bajura, favorecen la aparición de mareas rojas y desencadenan inundaciones repentinas en la franja costera. Por último, en el Cono Sur, las manifestaciones principales son lluvias extremas y tormentas sistemáticas que derivan en inundaciones urbanas, el colapso de la infraestructura vial y severas pérdidas en la producción ganadera y agrícola.
En resumen, el impacto de El Niño se traduce rápidamente en índices inflacionarios y en la caída del Producto Interno Bruto (PIB).
La perspectiva social
y de salud pública
Por otro lado, El Niño no discrimina por geografía, pero la estructura social sí decide quién sufre las peores consecuencias. Se ha demostrado que el aumento de las temperaturas reduce el tiempo de incubación de virus como el dengue y acelera la reproducción del mosquito Aedes aegypti. A este panorama se suma el humo de los incendios forestales en zonas de sequía extrema y la contaminación de fuentes de agua potable en zonas inundadas. Estas crisis de salud golpean de forma desproporcionada a las comunidades que carecen de drenaje, agua potable o vivienda digna.
Las consecuencias de El Niño están directamente determinadas por las decisiones de ordenamiento territorial, el mantenimiento de la infraestructura hídrica, la gestión de embalses y la preparación previa de los sistemas de protección civil.
¿Es inevitable el desastre?
De acuerdo con la evidencia, la respuesta corta es no. El Niño es un fenómeno natural e inevitable, pero también es verdad que factores como la catástrofe humanitaria y económica no tiene por qué serlo.
La confirmación de la fase activa de El Niño en junio de 2026, tras superar la “barrera de predictibilidad” de la primavera, le dio a la región un margen de maniobra crucial.
Los especialistas aseguran que la diferencia entre una crisis gestionada y un desastre nacional radica en pasar de la simple respuesta a la emergencia —que se limita a contar damnificados y repartir ayuda posterior— hacia una verdadera fiscalización de la adaptación, basada en inversión en obras hídricas, sistemas de alerta temprana eficientes, ordenamiento urbano y transición energética.

