Ayer, el INEGI dio a conocer los resultados de julio de la Encuesta Mensual de Opinión Empresarial y reapareció una paradoja que lleva años instalada en los datos y que conviene mirar de frente, porque dice más de la economía mexicana que cualquier cifra aislada.
Los indicadores de confianza empresarial son índices de difusión: la frontera de los 50 puntos separa el optimismo del pesimismo. Cuando se pregunta a los directivos por la situación futura de su propia empresa, los sectores que se encuestan se mantienen en terreno optimista. En las manufacturas, ese componente se ubicó en 56.2 puntos y acumula 271 meses consecutivos —más de 22 años— por arriba del umbral. La construcción está en 60.2 puntos y en el comercio en 57.7, ambos con 182 meses seguidos en terreno positivo, es decir, poco más de 15 años.
Pero cuando la pregunta es si estamos en un momento adecuado para invertir, el contraste es drástico: 23.8 puntos en la construcción, 30.5 en el comercio, 32.2 en los servicios y 32.9 en las manufacturas. La construcción lleva 182 meses seguidos —15 años— respondiendo que no es momento de invertir; las manufacturas, 158 meses.
Las dos respuestas no son formalmente incompatibles. Una empresa puede prever una mejor situación sin ampliar de inmediato su capacidad: puede tener activos ociosos, esperar mayores márgenes o beneficiarse de inversiones realizadas antes. Pero que durante 15 o 22 años persista una distancia tan amplia entre el optimismo sobre la empresa propia y la valoración del momento para invertir revela una desconexión difícil de ignorar.
La psicología ofrece una parte de la explicación. Daniel Kahneman y Dan Lovallo mostraron que la “visión interna” lleva a los directivos a elaborar pronósticos excesivamente optimistas sobre sus propios proyectos. Rüdiger Bachmann y Steffen Elstner, con microdatos de la encuesta del IFO alemán —el modelo mundial de estas mediciones—, encontraron que una fracción relevante de las empresas incurre de manera persistente en errores de pronóstico, tanto optimistas como pesimistas.
La expectativa sobre la empresa propia es más bien información sobre las percepciones de los directivos, no una predicción infalible de su desempeño.
La brecha entre el “yo” y el “entorno” aparece también en otros países. La encuesta de ejecutivos de la AICPA (American Institute of Certified Public Accountants) y del CIMA (Certified Investment Management Analyst) en Estados Unidos, del segundo trimestre de este año, muestra que solo 32 por ciento es optimista sobre la economía de su país, mientras que 49 por ciento lo es sobre su propia organización. En México llama particularmente la atención la duración: 15 años sin que un solo mes cruce el umbral inversor no se explican solo con psicología.
Ante esa persistencia, los cambios y las tendencias probablemente ofrecen más información que el nivel absoluto de algunos componentes. Y ahí el mensaje de julio es de estancamiento con sesgo defensivo. El indicador global de confianza se ubicó en 48.2 puntos y suma 17 meses consecutivos por debajo de los 50. El de tendencia, que captura la percepción sobre variables operativas como producción y demanda, está en 51.2, apenas arriba del umbral. Y el Indicador de Pedidos Manufactureros quedó exactamente en 50.0 puntos: sin una señal neta de expansión ni de contracción.
Para responder al porqué se responde tal como lo describimos, la tentación es responder con la lista de siempre: certidumbre jurídica, Estado de derecho, energía suficiente, infraestructura.
Pero hay dos hechos que complican esa lectura. El primero: en estos 15 años de observaciones han gobernado cuatro presidentes de tres partidos distintos, desde la agenda de reformas estructurales hasta el giro posterior en varias de ellas, y ninguno consiguió que el componente inversor cruzara los 50 puntos.
El segundo: la inversión fluyó incluso en pleno pesimismo declarado. Durante el repunte de 2022 y 2023, cuando la inversión fija bruta alcanzó máximos históricos y en varios meses registró crecimientos anuales de dos dígitos, los directivos seguían respondiendo que no era momento de invertir.
Esto sugiere que la pregunta no anticipa necesariamente la conducta: puede registrar una valoración general del entorno que convive con decisiones tomadas por necesidad, oportunidad o estrategia.
Quizá la conclusión sea que este componente no mide condiciones ni anticipa conductas de manera directa: registra una postura, una desconfianza estructural que se declara con cierta independencia de lo que las empresas hacen.
La interrogante queda abierta: ¿habrá algún día optimismo inversor en México? Si ocurre, la noticia no será solo estadística, sino el síntoma de un cambio de fondo en la relación entre las empresas y el país, no solo con el gobierno.
Mientras tanto, conviene leerlo como un termómetro del ánimo inversor declarado, no como un pronóstico de las decisiones empresariales.
