Vamos en el mismo barco, pero estamos en diferentes camarotes. Eso significa diferente perspectiva. A los canadienses tampoco los sorprendió la decisión de Estados Unidos de no renovar el T-MEC (que allá se llama CUSMA) por 16 años. Allá también sus autoridades implementaron su estrategia de control de daños. Me refiero al primer ministro Mark Carney y al ministro responsable del Comercio y Asuntos Económicos, Dominic Leblanc.
Escuchar o leer los mensajes de ayer de las autoridades canadienses nos produce la sensación de que hay algo de nado sincronizado con México, pero encontramos un matiz: el gobierno de Carney aprovecha la crisis para destacar la estabilidad de su entorno de negocios. “En un momento de incertidumbre económica global, Canadá es un socio confiable y estable. Tenemos la energía y los recursos naturales que el mundo necesita, una fuerza laboral de clase mundial y un ambiente de negocios que es predecible…”
Canadá comparte con México la molestia y los daños por la aplicación de las tarifas de la Sección 232 a automóviles, autopartes, acero y aluminio; además, ellos también vieron gravadas sus exportaciones de madera. Sus comentaristas en medios son tanto o más críticos que los mexicanos al evaluar lo que está pasando. Llevamos año y medio en guerra comercial con nuestro principal socio, dicen; la no renovación del acuerdo por 16 años indica que no habrá tregua.
Canadá ha perdido frente a México su sitio como principal socio comercial de Estados Unidos, pero los números de su relación económica siguen siendo impresionantes. Dan cuenta de una dependencia que solo es comparable con la que México tiene: más de 80% de su comercio exterior se realiza con Estados Unidos. Del Tío Sam reciben más de 50% de su Inversión Extranjera Directa.
El comercio binacional asciende a 2,470 millones de dólares diarios. El stock de inversiones estadounidenses en Canadá alcanza los 850,000 millones de dólares.
En fechas recientes, han crecido las tensiones con Estados Unidos por temas que no tienen equivalente en México. La USTR reclama a Canadá las restricciones a la entrada de productos lácteos estadounidenses. Pone en su lista de quejas que se haya limitado en tiendas la exhibición y/o la venta de productos estadounidenses, como el whisky tipo bourbon. La oficina del Representante Comercial de la Casa Blanca exige también que el gobierno canadiense revise una disposición que obligaría a las plataformas como Netflix a triplicar la cantidad de contenidos hechos en Canadá, de 5 a 15 por ciento.
Las cosas se complicarán. Ayer 02 de julio, trascendió que Canadá estaría proyectando la construcción de un ducto para suministrar un millón de barriles diarios de crudo a países asiáticos. Esto tiene que ver con dos objetivos estratégicos que ha planteado el gobierno de Carney: convertirse en una superpotencia energética y reducir su dependencia del mercado estadounidense.
Todos los asuntos son importantes para un gobierno tan quisquilloso como el que encabeza Donald Trump, pero el diferendo más importante entre Canadá y Estados Unidos es el acercamiento reciente que ha tenido Ottawa con China. Ayer, Jameson Greer dedicó unas palabras al tema en una entrevista televisiva: “Lo que no queremos es una situación en la que Canadá atraiga un montón de inversión china y luego empiece a mandar autos chinos a Estados Unidos… esto es lo contrario a lo que estamos buscando”.
¿Qué sigue para el T-MEC? Por lo pronto, sigue siendo un acuerdo trilateral. Los tres países vamos en el mismo barco, aunque tenemos visibilidad escasa porque entramos a un banco de niebla. Si alguien ve un iceberg, avise, por favor. Mientras tanto, que sigan tocando los violinistas y el DJ.
