Para los adolescentes de Belfast, desde principios de los setenta hasta los noventa, salir por la noche a quemar coches y autobuses fue el equivalente de lo que para chicos y chicas de otras latitudes es quedar a tomar un helado o ir al centro comercial, la diversión favorita de las largas noches de junio y julio, cuando el curso ha acabado y el frío y la lluvia no tienen atenazada la ciudad. Esta vez, en una reminiscencia de un pasado no tan lejano no exenta de nostalgia, el entretenimiento no ha sido lanzar cócteles molotov, piedras y ladrillos a los de la otra religión y a la policía, sino a los inmigrantes.
Internacional Belfast vuelve arder treinta años después con los ataques a los inmigrantes
Belfast vuelve arder treinta años después con los ataques a los inmigrantes
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