Hola, soy Wojciech, y soy fumador. También portero suplente. Voy a ganar mi segunda Liga. En la primera fui muchos partidos titular e invicto. Soy fumador, portero ahora suplente y quiero que, a mediados del próximo partido –hayamos ya ganado o no la Liga–, me hagan entrar al campo sustituyendo no al portero titular sino al delantero, polaco como yo, y me dejen marcar un gol. Quiero salir a jugar sin tocarla con las manos. A poder ser, con un cigarrillo liado por mí entre los dedos –encendido si puede ser, no sé qué dice el reglamento al respecto– y recibir la pelota, un par de regates, quiebro y golazo. Luego, ponerme el cigarrillo en la boca, inspirar y rodearme de una nube de maría como el gato de Cheshire en Alicia y el País de las Maravillas . Me imagino marcando el gol de la victoria, el que nos dará matemáticamente la Liga, todos mis compañeros rodeándome y yo con el brazo derecho por encima de las cabezas para no quemar a nadie, que en eso siempre he sido muy cuidadoso. Luego, me volveré a retirar. Ya lo estaba, pero, como en las películas de atracadores de bancos, me vinieron a buscar. Retirarme del fútbol no me va a costar más que los cigarrillos. Quitarme de fumar me resulta imposible. Por eso vengo a estas reuniones. Me falta fe, me falta creérmelo, porque la verdad es que me sienta de lujo lo de fumar. Lo del fútbol, a ratos, también. Cuando juego, cuando paro penaltis, cuando ganamos. O cuando hacemos bromas en el banquillo.
