“Fue un partido de locos, sin duda”, resumió Hansi Flick tras el 7-2 al Newcastle. Bendita la locura de su Barcelona, que empataba 2-2 en el minuto 44 del primer tiempo y, veinte minutos después, ya ganaba 6-2 y tenía el billete de cuartos en el bolsillo. Un frenesí que no es nuevo, al contrario. Una furia y una pegada que se han vuelto habituales. Esa exaltación es una seña de identidad del equipo desde que el técnico alemán se sienta en el banquillo.
