¿Qué tiene que decirle un Papa al sistema de salud mexicano? Más de lo que parece.
En mayo pasado, León XIV publicó la encíclica Magnifica humanitas, dedicada a la inteligencia artificial y a lo que él llama “custodiar a la persona humana” en la era digital. La fecha no fue casual: 135 años exactos después de que León XIII publicara Rerum novarum, el documento con el cual la Iglesia respondió a la Revolución Industrial. El mensaje es claro: lo que aquella fue para las fábricas, esta quiere serlo para los algoritmos.
El texto no es un sermón contra la tecnología. Al contrario: reconoce que puede “curar, conectar, educar”. Su advertencia es otra, y se resume en dos imágenes bíblicas que estructuran todo el documento. Babel: la torre grandiosa que se construye para el prestigio de sus constructores y termina dispersando a la gente. Y Nehemías: el funcionario que reconstruye la muralla de Jerusalén tramo por tramo, familia por familia, escuchando a todos. La pregunta del Papa es de una sencillez incómoda: ¿Qué debemos construir: una torre de Babel o la muralla de Jerusalén?
Traigamos esa pregunta a México, al sector salud, que vive su momento de mayor exposición mediática.
Cada semana, en Palacio Nacional, se presenta una numeralia en salud: millones de consultas y cirugías con la estrategia 2-30-100 del IMSS, superación de las metas de cirugías en el ISSSTE, entrega de millones de medicamentos en las “rutas de la salud” en el IMSS Bienestar, construcción de nuevos hospitales, modernización de equipos, etc. Digámoslo sin regateos: detrás de esas cifras hay realidades valiosas. Una cirugía adelantada mejora la calidad de vida de un paciente. Recuperar cirugías y consultas tras el colapso de la pandemia es real. Modernizar equipos médicos y ponerlos al alcance de la población es importante.
Sin embargo la encíclica nos entrega una lupa que nuestro debate público no tenía. Todo sistema de medición, dice la encíclica, lleva decisiones ocultas: importa tanto lo que mide como “lo que ignora”. Y propone algo que parece escrito para nosotros: así como el Producto Interno Bruto (PIB) deja fuera “aspectos esenciales para el bienestar”, los países necesitan métricas complementarias que capturen lo que el volumen no ve. La numeralia mediática es el PIB de nuestro sistema de salud. No es falsa. Es ciega.
¿Ciega a qué? A lo que el propio sistema reporta cuando se le pregunta por transparencia y no por conferencia: más de 4.5 millones de recetas que el IMSS no surtió en 2024 (El Universal 14/04/2025). Al gasto de bolsillo de las familias, que creció más de 40% entre 2018 y 2024 según el INEGI (ENIGH 2024), con los hogares de los últimos deciles empobreciéndose por comprar las medicinas que la receta prometía. O los 44.5 millones de mexicanos —uno de cada tres— sin acceso efectivo a servicios de salud. Y a un dato que publicó la Revista Médica del IMSS (2023, Vol.61,3): la consulta de medicina familiar dura en promedio 12 minutos. A mayor duración mayor satisfacción del paciente. El poco tiempo dedicado a la consulta es un “Síntoma franco de un colapso estructural” (Revista CONAMED 2026, 31,1).
El bien común, dice la encíclica, no es la suma de los actos individuales: es otra cosa, un tejido de condiciones que permite a cada persona vivir con dignidad. Por ello pueden coexistir, sin contradicción estadística pero con escándalo moral, el récord histórico de consultas y la familia que sale de la farmacia con las manos vacías. La suma sube; el bien común, para millones, baja.
Y cuando en la comparecencia del director del IMSS en noviembre pasado, frente a testimonios de recetas rechazadas, respondió que “lo que se ve muchas veces se magnifica”, el choque fue exactamente el que la encíclica describe: la estadística usada para desacreditar la experiencia. El documento Papal propone lo contrario: “asumir la mirada de las víctimas”, mirar el sistema “desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes”. La receta no surtida no magnifica nada. Es la realidad en la única escala donde la dignidad existe: la de la persona.
El criterio final del Papa debería estar enmarcado en cada oficina del sector: la calidad de una civilización no se mide por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer; por reconocer en el otro un rostro y no una función.
Nada de esto exige tirar la numeralia. Exige completarla: que junto a las cirugías se publiquen, con la misma jerarquía, los minutos reales de consulta, los reingresos por complicaciones, el trato digno reportado por los usuarios, el desgaste (burnout) del personal de salud. Contar no es el pecado; Nehemías también contaba. El pecado es que la cifra sustituya al rostro humano.
Queda pendiente la otra mitad de la historia: el “salto tecnológico”. El IMSS aspira a ser, en palabras de su director, la gran agencia de tecnología del sector salud. Ya aplica inteligencia artificial en algunos procesos médicos. Parte de ello es admirable. Pero hay una pregunta que nadie está haciendo y que la encíclica obliga a hacer: cuando el Estado es el que moderniza, ¿quién vigila al Estado? Sobre esto profundizaré en mi próxima columna.
