Las elecciones del pasado domingo en Colombia son otro capítulo de un péndulo latinoamericano que oscila entre promesas de justicia social y promesas de orden a cualquier costo. Tras la “marea rosa” que trajo de vuelta a la izquierda al poder en buena parte de la región desde el 2022, hoy resurge una oleada derechista como parte de las demandas por orden, seguridad y un mejor desempeño económico que trasciende a la ideología. La paciencia hacia proyectos de izquierda se agotó en Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Costa Rica, Honduras, Panamá, Colombia y posiblemente Perú, abriendo paso a fórmulas de mano dura que se han popularizado en el imaginario regional.
El proceso electoral colombiano no fue únicamente un referendum de un proyecto político cualquiera, fue un examen al primer gobierno de izquierda en la vida democrática del país. El resultado fue reprobatorio por menos de un punto de diferencia. El ingrediente que caracterizó a la jornada fue una polarización que llevó a las urnas dos proyectos de nación completamente opuestos, en un panorama de violencia política que resulta familiar para México. El triunfo de Abelardo de la Espriella, “el Tigre”, también es un libreto conocido. Un outsider de moral cristiana (que él define como una “extrema coherencia”), con promesas de mega cárceles y mano de hierro, así como un historial de negocios y alianzas polémicas.
La ciudadanía lo consideró como el menor de los males, luego de cuatro años de un gobierno protagonizado por Gustavo Petro, quien generó filias y fobias por doquier. Un gobierno que representaba una promesa de cambio, materializada en temas como la reducción de la pobreza, la disminución del desempleo, mayores pensiones y una agenda ambiental ambiciosa. Pero esa expectativa se fue evaporando hasta reducirse a tweets ocasionales, peleas con otros mandatarios en redes, y una estrategia fallida de paz total que sumió al país en una ola de inseguridad, así como el mayor deterioro fiscal de la región, de acuerdo con datos de la CEPAL.
En otro sentido, el triunfo de Espriella conlleva un reacomodo en los balances de América Latina. Por un lado, un bandazo hacia la derecha conlleva a un casi seguro reacercamiento con Washington. Durante décadas, mediante el Plan Colombia, el país fungió como el principal aliado en materia de seguridad para Estados Unidos en el cono sur. Donald Trump ha premiado a los gobiernos de derecha, incluso haciéndolos parte de la iniciativa Escudo de las Américas, una “coalición de gobiernos afines”. Esto que se inserta en la lógica de la doctrina Donroe, con la que busca retomar la hegemonía de Estados Unidos en la región latinoamericana. Para Colombia, llevaría a un mayor alineamiento en seguridad, lucha antidrogas, gestión de flujos migratorios y una mayor cooperación en la rennovada agenda con Venezuela. Incluso también, a potenciales operativos conjuntos para atacar a células delictivas como se hizo en el caso de Ecuador. Así mismo, las rutas de cocaína y drogas sintéticas se entrecruzan y lo que pase con cárteles y grupos armados ahí toca invariablemente a otros países de la región, como México. El que Estados Unidos vuelva a tener un “socio modelo” en Colombia, deja a nuestro país en una posición de desventaja en ese triángulo articulado en torno a las drogas, las armas y la migración. Implica un reforzamiento de la presión compartida sobre rutas y más condicionamientos. Washington puede usar a Bogotá como un ejemplo de socio responsable y más alineado frente a la amigüedad mexicana en temas de seguridad, en su relación con Caracas, La Habana y Managua, así como en su manejo respecto a los cárteles de la droga.
Cabe destacar que la afinidad ideológica de la 4T con gobiernos de izquierda durante este tiempo no se tradujo en proyectos de cooperación sólidos con sus contrapartes más allá de una coordinación discursiva o diplomática, salvo quizás el próximo acuerdo de exploración petrolera que firmará México y Brasil. Con un gobierno colombiano más alejado ideológica y personalmente que el de Gustavo Petro, está por verse qué tanta colaboración habrá con nuestro vecino del sur desde la administración de Claudia Sheinbaum.
Lo que decidieron los colombianos habla mucho de cuánta paciencia le queda a la región con sus élites políticas y de cuánto espacio está dispuesta a concederle a esta mezcla trumpista-bukelista-mileísta como solución mágica. Por lo pronto, el péndulo latinoamericano vuelve a moverse.
