En 1776 se publicó el libro Una Investigación sobre la Naturaleza y Causa de la Riqueza de las Naciones, del pensador de la ilustración escocesa Adam Smith.
Smith no era un economista. Eso prácticamente no existía hace 250 años. Fue profesor de filosofía moral en Glasgow y de Jurisprudencia en Edinburgo. Fue funcionario de las aduanas. El libro es famoso por el pasaje de “La Mano Invisible”, que da intuición a economistas futuros de por qué el mercado coordina las necesidades y deseos de quienes participan en él, y es la base de las economías que más progresan y cuyo ingreso crece más. La intuición de don Adam fue presciente de un fenómeno que apenas empezaba: la Revolución Industrial. El genio de Smith previó la prosperidad creciente y futura de las naciones de la angloesfera. 250 años después, esos países, y un puñado de otras naciones, son las que destacan por su prosperidad económica.
No todas las predicciones de Smith fueron correctas. Por ejemplo, en la introducción Smith predice que “las dificultades presentes en las colonias británicas de Norteamérica”, palabras más, palabras menos, se resolverían rápidamente. Nada de eso ocurrió.
La Riqueza de las Naciones no es una lectura sencilla, mucho menos en el original del S. XVIII. Seguirle la pista a los números y a muchos de los argumentos es difícil. Sin embargo, sabemos más de Smith por otros libros, como la Teoría de los Sentimientos Morales, y por su correspondencia. En una carta al joven William Eden, Smith le dijo que el secreto para la prosperidad de las naciones era una fórmula tripartita: “Paz, impuestos simples, y una administración tolerable de la justicia”.
Tratemos de pensar en esta fórmula, ahora que, en columnas anteriores, hemos estado hablando del crecimiento del ingreso, prometí que en esta entrega hablaría de las políticas que deben seguir las naciones, y sus divisiones subnacionales, para alcanzar la prosperidad.
El tema de la paz es bastante obvio. Si hay conflicto armado, o violento, el bienestar material deja de ser la primera prioridad de la gente, y cada quien corre por su vida. Hay muchos ejemplos en México. Hace años, me invitaron a una conferencia, y uno de los empresarios anfitriones me platicó un poco de su negocio. Le dije que podría crecer, dado que no tenía deuda, y podía tener crédito con base en sus activos actuales. Me contestó que no quería hacer eso, porque eso lo haría más vulnerable ante la delincuencia organizada. Por supuesto, siempre sale alguien a decir que las petroleras más grandes del planeta operan en lugares peligrosos como Nigeria, y la violencia simplemente es un costo de hacer negocios; pero, para los que no tenemos pozo petrolero, operar en un país donde te secuestran, te matan y te quitan tus cosas, no funciona. Es la lucha entre el estado de naturaleza de Thomas Hobbes, otro pensador anterior a Smith, y el monopolio de la violencia del Estado. Sin este último, no hay civilización.
Segundo: impuestos simples. Nótese que Smith no dijo “que la tasa sea baja”. De esto ha hablado también el gran economista Luis de la Calle, a quien he mencionado en esta columna. Luis explica muchas veces que los líderes que organizan la economía informal para producir y vender son una ventanilla única, donde por una cuota (simple), ellos se hacen cargo de cualquier problema que tenga el productor o comerciante. Para el negocio formal, en México, el Estado y sus tres niveles ofrecen múltiples ventanillas y capas de complejidad, que crean incentivos a extorsión y costos que impiden crecer e incluso te obligan a cerrar.
“Administración tolerable de la justicia”, es el número tres. Si los delincuentes salen por falta de pruebas y los inocentes acaban en la cárcel, el sistema judicial es un lastre. Esto hace intolerable la administración de justicia, y la gente, especialmente la que tiene los recursos de capital para arriesgarlo en una empresa, sale corriendo. En ese entorno, nadie arriesga capital, a menos que sea en giros que estén fuera de la ley. No nos debería sorprender que los negocios criminales, que no necesitan del sistema de justicia, prosperen tanto en México.
No necesitamos zonas económicas especiales o subsidios a la producción o innovación. Necesitamos paz, impuestos simples, y una administración tolerable de la justicia. Con eso, podríamos desarrollar México, hasta en los rincones más atrasados de su geografía.
