En el año 2003 una ola de calor asoló Francia con temperaturas superiores a los 40 grados y provocó 15.000 muertos. Veinte años después, aquellas temperaturas insólitas son hoy casi una constante y los corredores del Tour de Francia han pasado de preocuparse por la montaña o la lluvia a hacerlo ahora por el termómetro. La ola de calor que ha acompañado la primera semana de esta edición ha abierto el debate de si la carrera más importante del ciclismo puede seguir celebrándose en julio, un mes que forma parte de su propia identidad desde hace más de un siglo.
