La FIFA se ha convertido en una institución de cínicos, marcada por ser una obsesiva y abierta máquina para hacer dinero sobre su función esencial, la de organizar torneos donde la ética, el juego limpio o el acceso democrático a los estadios sean sus objetivos. Al entrar a su página en internet, lo primero con lo que uno se encuentra es una pestaña llamada “tienda”.
Su capacidad organizativa es tan manipulable como manipulador su presidente, Gianni Infantino, un hombre que ha acumulado tal poder que supedita los negocios a países medios y pequeños, pero que se inclina ante las potencias económicas y líderes mundiales capaces de abrir la chequera. El sistema de votación de la FIFA ha sido digno de las mayores corruptelas globales que se han conocido, pasando no sólo por Infantino, sino por sus indignos sucesores, el brasileño João Havelange y no se diga el suizo Joseph Blatter y el francés Michel Platini, que dejaron sus cargos a partir de una estela de acusaciones.
No obstante, la FIFA se sigue descomponiendo; muestra clara fue su improvisado y carente de toda autoridad Premio por la Paz que entregó a Donald Trump mientras el presidente estadounidense amenazaba o atacaba a sus oponentes militarmente, una sinrazón absoluta que dejó de manifiesto que el futbol es presa de intereses políticos y económicos. Además, puso en claro que la figura de Infantino es pendular, y depende del movimiento de los ceros para saber hacia dónde dirigirá sus decisiones.
Pero no sólo sucumbe ante intereses monetarios, sino también a los políticos y a hacer de la FIFA una institución hiperneoliberal, capaz de mudar de piel, como buen camaleón, conforme los intereses lo exijan. Otra evidencia fueron los altos precios de los boletos, que alejaron a la sociedad de clase media y baja, para abrirle las puertas sólo a los ricos, influyentes y famosos, y por supuesto a los patrocinios, únicos capaces de ganar y perder cuando las selecciones se convierten en acciones y que, a partir de su permanencia en el Mundial, dependan las ganancias de esas empresas en las Bolsas de Valores.
En las pantallas de transmisión y en redes sociales, quienes pudieron acceder a los palcos y butacas se etiquetaban como si hubieran participado en reuniones divinas, cuando lo que se iba a ver eran juegos de bajo nivel futbolístico, con selecciones sometidas a condiciones adversas en un torneo que se jugó en tres sedes, pero con una deslumbrante mercadotecnia que sabe detonar las pasiones nacionalistas que se cuecen alrededor del futbol, el deporte más global y popular, con héroes creados para que cada país se involucre con sus colores y figuras.
Pero este año llegó la amoralidad extrema de la FIFA. Dos ejemplos bastan para entender cómo las reglas del futbol las rigen ya no los árbitros, quienes solían tener la última palabra para determinar si algo había salido mal en un momento determinado del partido. Ahora, con una desfachatez tal, los hombres de traje, desde el dedo dolarizado del presidente de la FIFA, son quienes resuelven las disputas a favor o en contra de las conveniencias económicas.
Pasó a inicios de año, cuando, después de jugarse un polémico partido en la Copa Africana de Naciones, la federación de Marruecos decidió impugnar el triunfo en la cancha de Senegal, argumentando salirse deliberadamente del terreno de juego en un momento en que los senegaleses se enojaron por un supuesto favoritismo para el equipo local y futuro organizador de la Copa del Mundo de Futbol en 2030. Finalmente, desde las oficinas de la FIFA se decidió coronar al equipo marroquí con dicha copa continental. Las críticas arreciaron en todo el mundo, junto con la credibilidad de la FIFA de Infantino.
Pero un escándalo más inquietante fue lo que sucedió la semana pasada en este Mundial, cuando después de que el árbitro brasileño Raphael Claus, justificadamente y con todo y revisión en el VAR, expulsara al jugador estadounidense Folarin Balogun en el juego contra la escuadra de Bosnia-Herzegovina. Pero tras una llamada del presidente Donald Trump a Gianni Infantino, le fue retirada la tarjeta desde las oficinas de “justicia” de la FIFA para que pudiera jugar Balogun ante Bélgica el pasado lunes, donde Estados Unidos fue derrotado por goliza, y la participación del jugador estadounidense, intrascendental.
La paradoja se cuenta sola, pero la excepción no, y volvió a evidenciar a un Infantino que tiene jefes, capaces de hacerlo sucumbir dentro de una institución que se dice independiente. El mismo lunes se comenzó a rumorear la posible renuncia de Infantino, presionado por diversas federaciones y países, principalmente los europeos, que han visto con incredulidad su comportamiento. La polémica no se hizo esperar ayer, cuando Argentina derrotó a Egipto, en un partido donde el gran protagonista fue el “VAR” y posibles omisiones para ayudar la remontada de Argentina. Fue tendencia en todo el mundo, y hubo división de opiniones.
