Los datos más recientes del INEGI sobre la inversión fija bruta parecieran traer buenas noticias. En abril de 2026 la inversión creció 5.1 por ciento anual, después de varios meses de debilidad. En una economía que enfrenta una desaceleración y una creciente incertidumbre internacional, la cifra podría interpretarse como el inicio de una recuperación. Sin embargo, una revisión más cuidadosa revela una realidad distinta: la inversión regresó, pero la industrialización sigue sin aparecer.
El problema no es cuánto se invierte, sino en qué se invierte. La teoría económica del desarrollo ha insistido durante décadas en que no toda inversión genera el mismo impacto sobre el crecimiento de largo plazo. Construir vivienda, ampliar una carretera, instalar una nueva línea de producción, desarrollar un centro de investigación o fabricar maquinaria representan decisiones con efectos muy distintos sobre la productividad futura. Los datos del INEGI muestran con claridad esa diferencia. Mientras la inversión fija bruta aumentó 5.1 por ciento anual, la construcción creció 8.8 por ciento. Pero prácticamente todo ese dinamismo provino de la construcción residencial, que aumentó 16.7 por ciento. En contraste, la construcción no residencial —donde se ubican las fábricas, parques industriales, infraestructura logística y nuevas instalaciones productivas— apenas avanzó 1.1 por ciento. Más preocupante aún resulta el comportamiento de la maquinaria y el equipo, quizá el mejor indicador de la capacidad productiva futura. La inversión en maquinaria apenas aumentó 0.9 por ciento anual. Pero detrás de esa cifra promedio existe una diferencia reveladora: mientras la maquinaria importada creció 8.8 por ciento, la adquisición de maquinaria nacional cayó 10.6 por ciento. Estas cifras describen una economía que vuelve a invertir, pero que todavía no amplía de manera significativa su capacidad industrial. Se construyen más viviendas, pero no necesariamente más fábricas. Se importa más maquinaria, pero continúa debilitándose la producción nacional de bienes de capital. Esta diferencia es mucho más importante de lo que parece.
Hace más de medio siglo, Nicholas Kaldor explicó que las economías crecen de manera sostenida cuando expanden las actividades manufactureras, ya que éstas generan aumentos permanentes de productividad, innovación y aprendizaje tecnológico. Sus conocidas leyes del crecimiento mostraban que la manufactura funciona como el principal motor del desarrollo porque arrastra al resto de los sectores económicos. La inversión productiva tiene efectos muy distintos a los de la inversión orientada exclusivamente al consumo o al mercado inmobiliario. Esta idea fue desarrollada aún antes por Raúl Prebisch. Desde la CEPAL sostuvo que el atraso latinoamericano no era consecuencia de una insuficiencia de recursos, sino de una estructura productiva incapaz de generar progreso técnico. La especialización en actividades de bajo contenido tecnológico condenaba a los países periféricos a depender permanentemente de las economías industrializadas. Para Prebisch, el verdadero desarrollo requería transformar la estructura productiva mediante una industrialización capaz de incorporar conocimiento, innovación y tecnología propia.
Setenta años después, los datos del INEGI parecen confirmar la vigencia de esa preocupación. Cuando las empresas mexicanas deciden invertir siguen dependiendo, en gran medida, de maquinaria producida en el exterior. La recuperación observada en abril proviene principalmente del aumento de las importaciones de bienes de capital y no del fortalecimiento de la industria nacional que los produce. Alice Amsden encontró un fenómeno completamente distinto al estudiar la industrialización de Corea del Sur. En Asia’s Next Giant demostró que el éxito coreano no surgió simplemente por invertir más, sino por invertir estratégicamente. El Estado impulsó la creación de capacidades tecnológicas nacionales, promovió la producción de maquinaria, protegió sectores estratégicos y obligó a las empresas a competir internacionalmente mediante innovación continua. La industrialización fue, ante todo, un proceso de aprendizaje tecnológico. La misma conclusión aparece en los trabajos de Dani Rodrik. El economista de Harvard sostiene que el desarrollo no depende exclusivamente del volumen de las exportaciones o de la inversión agregada, sino de la capacidad para construir sectores productivos cada vez más sofisticados. Las economías exitosas aprenden a producir bienes más complejos, desarrollan proveedores nacionales y generan nuevas capacidades tecnológicas. El objetivo no consiste únicamente en participar en las cadenas globales de valor, sino en ascender dentro de ellas.
Erik Reinert resume esta idea con una frase particularmente provocadora: los países ricos no son ricos porque producen mucho; son ricos porque producen aquello que genera conocimiento, innovación y rendimientos crecientes. En su libro “How Rich Countries Got Rich… and Why Poor Countries Stay Poor”, explica que las actividades manufactureras intensivas en tecnología producen un círculo virtuoso de aprendizaje, innovación y productividad que termina elevando el ingreso nacional durante décadas. No todas las actividades económicas generan esos efectos. Por ello, una economía puede aumentar su inversión sin modificar significativamente su potencial de crecimiento. Eso parece estar ocurriendo en México. La construcción residencial es indispensable para atender el déficit de vivienda, genera empleo y dinamiza diversas ramas productivas. Sin embargo, por sí sola difícilmente modificará la estructura tecnológica del país. Lo mismo ocurre con buena parte de la inversión inmobiliaria. Ambas contribuyen al crecimiento de corto plazo, pero su capacidad para elevar la productividad de largo plazo es menor que la de la inversión en manufactura avanzada, infraestructura industrial, investigación y desarrollo o producción de bienes de capital. Albert Hirschman denominó a este fenómeno “encadenamientos productivos”. Una inversión genera desarrollo cuando induce la aparición de nuevos proveedores, nuevas empresas, nuevas capacidades tecnológicas y nuevas oportunidades de innovación. Si la maquinaria, los equipos y buena parte de la tecnología se importan, esos encadenamientos terminan generándose en otros países.
Esta reflexión resulta particularmente pertinente para el Plan México. El país tiene hoy una oportunidad extraordinaria derivada de la reorganización de las cadenas globales de suministro, el nearshoring y la creciente integración con América del Norte. Pero esa oportunidad sólo podrá traducirse en un crecimiento sostenido si logra fortalecer su base industrial y tecnológica.
No basta con atraer nuevas inversiones. Es indispensable desarrollar proveedores nacionales, producir maquinaria, fortalecer la ingeniería mexicana, ampliar el contenido nacional y consolidar una industria de bienes de capital que reduzca la dependencia tecnológica del exterior. Corea del Sur, Japón, Alemania y, más recientemente, China, no construyeron su prosperidad únicamente atrayendo inversión extranjera. Construyeron capacidades nacionales para producir la tecnología con la que posteriormente conquistaron los mercados internacionales.
Desde esta perspectiva, el verdadero desafío no consiste en celebrar que la inversión volvió a crecer, sino en preguntarnos si esa inversión está modificando la estructura productiva del país. Las cifras del INEGI sugieren que todavía no.
Durante las últimas tres décadas México logró convertirse en una potencia exportadora, pero no consolidó una industria nacional capaz de producir buena parte de la maquinaria, la ingeniería y las tecnologías que demanda su propio proceso productivo. Esa es una de las razones por las que las exportaciones crecieron mucho más rápido que la economía, una paradoja que diversos estudios han documentado y que sigue marcando el desempeño del país.
La diferencia entre crecimiento e industrialización es, precisamente, la diferencia entre una recuperación coyuntural y una estrategia de desarrollo. La inversión puede regresar rápidamente; la industrialización requiere construir capacidades productivas, tecnológicas e institucionales durante muchos años. Los datos publicados por el INEGI muestran que la primera comienza a aparecer. La segunda sigue siendo la gran tarea pendiente de la economía mexicana.
