El añadido de 11 minutos en el estadio Azteca fue angustioso para ambos bandos y fue testigo de un esfuerzo sobrehumano. Unos por atacar y alargar la ilusión del país coorganizador, otros por defender y acabar con el martirio. Para los ingleses, agotados, porque el reloj no avanzaba; para los mexicanos, con tres delanteros centro y muchos balones colgados, porque no encontraban grietas para forzar la prórroga. Fue un ejercicio al límite que los dejó a todos al borde de la extenuación. Inglaterra avanza en el Mundial porque cuando golpea lo hace duro, muy duro, y México llora ante la gran ocasión perdida.
