El océano es probablemente el activo natural más importante (y poético) del planeta. Regula temperaturas, captura carbono, sostiene sistemas alimentarios y, según diversas estimaciones científicas, genera más del 70% del oxígeno que respiramos y regula la temperatura. Sin embargo, seguimos actuando como si fuera un recurso inagotable. Por eso el llamado de este Día Mundial de los Océanos a re-imaginar nuestra relación con el mar resulta particularmente oportuno.
Es una invitación poderosa, y también incómoda, porque re-imaginar implica asumir que algo en la relación actual está roto, y es así. Según la FAO, el 35.5% de las poblaciones de peces a nivel mundial se encuentra en niveles de sobreexplotación. La UNESCO advierte que cerca del 66% del entorno marino ha sido significativamente alterado por la actividad humana de sobreexplotación, contaminación, destrucción de hábitats.
Re-imaginar no es solo lamentar, es también construir alternativas, y una de las más poderosas que observo en el espacio es la acuacultura regenerativa, que sigue sin recibir la atención que merece. Durante siglos, nuestra relación con el mar ha sido fundamentalmente extractiva. La pesca de captura, cuando se practica de forma responsable, puede ser sostenible. Pero bajo la presión de una demanda global creciente y sin límites claros, se convierte en un factor de deterioro. El problema no es la pesca en sí, es el modelo que la sostiene.
La acuacultura regenerativa propone algo distinto, no solo producir sin destruir, sino producir mientras se restaura. Un modelo que busca activamente recuperar ecosistemas marinos, fortalecer la biodiversidad y generar beneficios ecológicos, sociales y económicos a largo plazo. La diferencia con la acuacultura convencional no es cosmética, es estructural. No se trata de mitigar daños, sino de revertir tendencias. México, con sus más de 11 mil kilómetros de litoral y una biodiversidad marina excepcional, tiene una oportunidad estratégica en esta apuesta y ya hay actores que la están aprovechando.
Una en particular que me ha inspirado es Santomar®, en el Golfo de Baja California, pionera en acuacultura regenerativa en México, parte de iAlumbra, un ecosistema que integra inversión de impacto, filantropía, negocios operativos e investigación aplicada para catalizar modelos de crecimiento que restauren la naturaleza y fortalezcan comunidades, con énfasis en sistemas alimentarios sostenibles y resiliencia climática. El modelo de Santomar® merece atención no solo como caso de negocio, sino como ejemplo de lo que es posible cuando la innovación se pone al servicio de la conservación.
Santomar® es la única empresa en el mundo que produce totoaba (Totoaba macdonaldi) a escala comercial, una especie antes catalogada en peligro de extinción cuya pesca ha estado prohibida por más de tres décadas, y que gracias en parte a estos esfuerzos de repoblación ha sido reclasificada como especie vulnerable. También son los primeros en el mundo en cultivar huachinango (Lutjanus peru), y sus ostiones cuentan con certificación del Aquaculture Stewardship Council (ASC), la única de ese tipo para moluscos en América Latina.
Desde 2015, han liberado más de 270 mil ejemplares juveniles de Tatoaba en el Golfo de California, y lo que esto significa para las comunidades costeras va mucho más allá de la biología. El mar deja de verse únicamente como una fuente de recursos extraíbles para convertirse en un entorno que puede ser protegido y regenerado. Observar resultados tangibles fortalece la confianza en que restaurar el equilibrio es posible, y eso transforma también la forma en que las comunidades se relacionan con su propio entorno.
Los números ayudan a dimensionar la oportunidad. Según CONAPESCA, México produjo más de 2.1 millones de toneladas de pescados y mariscos en 2025, pero apenas 394 mil provinieron de acuacultura. El IMIPAS estima que el sector generó aproximadamente 18 mil 275 millones de pesos en 2024. Son cifras relevantes, pero el potencial es considerablemente mayor si se escalan modelos regenerativos que generen valor sin degradar el capital natural del que dependen. La acuacultura regenerativa no compite con la pesca artesanal bien practicada, la complementa. Reduce la presión sobre especies silvestres, garantiza suministro constante frente a la estacionalidad de la captura, y puede convertirse en un vector de empleo calificado en comunidades costeras.
La innovación existe y los modelos funcionan. Pero para que la acuacultura regenerativa pase de caso ejemplar a sector con escala, hacen falta al menos tres condiciones. Política pública que la reconozca como prioridad estratégica, no solo como actividad regulada sino como parte de una agenda de seguridad alimentaria, adaptación climática y conservación marina. Financiamiento verde orientado a este sector, la banca de desarrollo y los fondos de capital climático podrían estar mirando con mucha más atención estas oportunidades, no como filantropía sino como apuesta de rendimiento y resiliencia. El tercero e igual de importante son consumidores más informados. Cada elección en el mercado es un voto por un modelo productivo. Comprar con trazabilidad verificable no es solo una decisión de salud individual, es una decisión que sostiene o castiga modelos de producción completos.
El Día Mundial de los Océanos no debería ser solo un momento para el asombro o el duelo ante lo que hemos perdido. Es también una oportunidad para reconocer que ya existen alternativas, que hay empresas mexicanas demostrando que es posible producir mientras se restaura, y que ese modelo necesita más atención, más inversión y más escala.
Re-imaginar nuestra relación con el océano implica, entre muchas otras cosas, re-imaginar cómo producimos y consumimos alimentos del mar. La acuacultura regenerativa no es una utopía, es una industria en construcción, con ciencia, tecnología y propósito. México tiene los ingredientes, nos falta la decisión colectiva de apostarle.
