Un pueblo en el norte de la India se queda sin luz en plena ola de calor. Los ventiladores se detienen, el aire acondicionado se apaga, y las calles empiezan a hervir literalmente bajo un sol que no da tregua ni de noche. La gente hace lo único que se le ocurre, corre hacia el lago del pueblo, se mete al agua con ropa y todo, buscando el único alivio disponible. Pero el agua del lago también está caliente, casi tan caliente como el aire, y a esa temperatura el cuerpo humano deja de poder enfriarse por sí mismo. Empiezan a morir ahí mismo, flotando, unos junto a otros, mientras un extranjero que trabajaba en la zona para una ONG sobrevive por pura casualidad y pasa el resto de su vida cargando esa imagen. En unos días mueren millones de personas en la región. Los hospitales colapsan antes de que termine la primera noche.
Esa escena no ocurrió la semana pasada, aunque bien podría. Es el arranque de El Ministerio para el Futuro, la novela que Kim Stanley Robinson publicó en 2020 para imaginar el peor escenario posible del cambio climático. Cuando salió, sonaba a distopía lejana. Cinco años después, dejó de sonar tan lejana.
El calor extremo mata a más personas al año que la mayoría del resto de los desastres naturales combinados. No los huracanes, no los terremotos, no las inundaciones que acaparan portadas y transmisiones en vivo. El calor, silencioso, sin viento ni escombros que fotografiar. Europa lo acaba de confirmar con números que todavía se están contando. La ola de finales de junio dejó más de 4,000 muertes en exceso en Europa occidental, según reportes nacionales preliminares. Francia registró 2,025 fallecimientos adicionales, un aumento de casi 30% en una sola semana. Bélgica tuvo su nivel diario de muertes más alto desde la primera ola del covid. España confirmó más de mil muertes atribuibles al calor, el doble que un año antes. La propia agencia de salud pública francesa admitió que su cifra probablemente se queda corta. Si eso lo dice uno de los sistemas de vigilancia más sofisticados del mundo, vale la pena preguntarse qué está pasando donde no existe ese sistema.
Aquí es donde el espejo nos regresa una imagen incómoda. México reportó apenas 125 muertes durante la ola de mayo y junio de 2024. Un año después, con temperaturas igual de extremas, el conteo oficial cayó a media docena. No es que hayamos aprendido a resistir mejor el calor, en realidad ni lo contamos. En América Latina la mortalidad relacionada con el calor se duplicó entre 1990 y 2021, y los países de menor desarrollo pierden entre cinco y seis veces más horas laborales por calor que los países ricos, con una fracción de su infraestructura sanitaria para amortiguarlo.
Conviene poner esto en perspectiva. La última Edad de Hielo, la que cubrió media Norteamérica y Europa bajo capas de hielo y transformó el planeta entero, tuvo una temperatura global apenas seis grados centígrados más fría que la actual. Hoy llevamos poco más de uno de calentamiento y ya vimos carreteras que se agrietan en Alemania, hospitales saturados en Francia y campos que no logran su cosecha completa. Cada décima de grado importa mucho más de lo que el sentido común sugiere.
Frente a eso, la adaptación se está volviendo creativa por necesidad. En Francia se agotó la tiza triturada porque miles de familias empezaron a pintar sus ventanas con una mezcla de tiza y agua, redescubriendo el mismo principio que explica las fachadas blancas del Mediterráneo desde hace siglos. El futbol ya se está adaptando a esto en vivo y en cadena nacional. En el Mundial 2026 la FIFA hizo obligatorias las pausas de hidratación. No es un capricho televisivo, aunque también sirva para meter anuncios. World Weather Attribution calculó que 26 de esos 104 partidos se jugarían en condiciones donde el estrés térmico representa un riesgo real para los futbolistas, y en cinco de ellos en un umbral en el que los especialistas recomiendan de plano posponer el partido. De las 16 sedes del torneo, solo tres tienen aire acondicionado y ya se nota en la cancha, los jugadores presionan menos, esprintan menos, se recuperan más lento entre jugadas y dosifican su energía de forma distinta a como lo harían en otro clima, algo que cualquiera que haya visto los partidos de esta edición puede notar a simple vista sin necesidad de un sensor.
El dato más incómodo es el que mira hacia adelante. Para 2050, catorce de las dieciséis sedes de este Mundial podrían volverse inseguras para jugar sin medidas de adaptación adicionales. No sería nada raro que en un par de ediciones más la FIFA termine exigiendo que todos los partidos se jueguen en estadios techados y con clima controlado, no como lujo, sino como requisito de seguridad, igual que hoy exige ciertos estándares de iluminación o de césped. El deporte que se juega al aire libre bajo el sol, con miles de aficionados parados en filas y estacionamientos sin sombra, está corriendo la misma carrera de adaptación que el resto del mundo. Solo que esta la estamos viendo en vivo, con comerciales de por medio.
Pero la adaptación con tiza y pintura blanca no alcanza si no entendemos que esto ya no es una excepción, es el clima con el que vamos a vivir. Lo primero que hay que decir con todas sus letras es que esto mata gente, no solo incomoda. Quien más muere es el trabajador al aire libre, de forma desproporcionada, las mujeres, en la construcción, en el campo, el repartidor que sigue pedaleando a las dos de la tarde porque su ingreso depende de la siguiente entrega. Son las mismas personas que casi nunca aparecen en un certificado de defunción como víctimas del calor, aunque lo sean. Pero el costo no se queda solo en las vidas que se pierden, corre por toda la cadena. En 2021 la exposición al calor hizo perder 470 mil millones de horas laborales en el mundo, la mayoría en la agricultura de los países más pobres. Eso significa cosechas más cortas, fábricas que bajan su ritmo en las horas pico, hospitales rebasados justo cuando más se les necesita, y aseguradoras recalculando riesgos que hace una década ni siquiera modelaban.
Robinson imaginó el peor escenario para obligarnos a reaccionar antes de que ocurriera. El problema es que una parte de ese escenario ya está ocurriendo, solo que en lugares donde a nadie le está tomando el tiempo para contar a los muertos. ¿Qué tiene que pasar para poner atención?
