La derrota más importante que enfrenta hoy América del Norte no ocurrió en un campo de batalla. Tampoco es el resultado de una recesión o de una crisis financiera. Es la derrota de una idea: la convicción de que la globalización, por sí sola, garantizaría prosperidad, liderazgo tecnológico y estabilidad geopolítica. Durante más de tres décadas, la integración económica entre Estados Unidos, Canadá y México fue presentada como el modelo más exitoso del mundo. El TLCAN primero y el T-MEC después parecían demostrar que la apertura comercial, la fragmentación internacional de la producción y las cadenas globales de valor constituían el camino natural hacia el crecimiento.
Hoy esa visión se encuentra en revisión. Los aranceles impulsados por Donald Trump, la guerra tecnológica con China, las restricciones a la exportación de semiconductores, la competencia por la inteligencia artificial, las nuevas políticas industriales y las tensiones geopolíticas en Medio Oriente forman parte de un mismo fenómeno: la crisis del orden económico internacional construido por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
Como ha señalado Herman Mark Schwartz (Universidad de Virginia) la discusión ya no consiste en determinar si Estados Unidos sigue siendo la principal potencia mundial. La pregunta relevante es otra: ¿qué tipo de liderazgo pretende ejercer y bajo qué reglas se organizará la economía mundial durante las próximas décadas?
La fortaleza estadounidense nunca descansó exclusivamente en su capacidad militar. Durante más de setenta años se apoyó en cuatro pilares fundamentales: el predominio del dólar como moneda internacional, el liderazgo tecnológico de sus universidades y empresas, la influencia de Wall Street sobre las finanzas globales y el control de las instituciones que definieron las reglas del comercio y la inversión internacional.
Ese sistema permitió a Estados Unidos organizar buena parte de la economía mundial. Sin embargo, la emergencia de China modificó profundamente ese equilibrio. La competencia entre ambas potencias ya no gira en torno al comercio. Lo que está en disputa son las capacidades productivas estratégicas del siglo XXI: semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones avanzadas, baterías, energías renovables y manufactura de alta tecnología.
China ha demostrado que el liderazgo industrial puede construirse mediante políticas deliberadas de largo plazo. Empresas como Huawei destinan alrededor de una quinta parte de sus ingresos a investigación y desarrollo, mientras que el país ha consolidado posiciones de liderazgo en vehículos eléctricos, energías limpias y manufactura avanzada. No obstante, el escenario actual no apunta a un simple reemplazo de Estados Unidos por China. Más bien parece perfilarse una etapa prolongada de competencia estratégica entre ambas potencias. Y es precisamente ahí donde aparece el principal desafío para América del Norte.
La pandemia mostró los riesgos de depender excesivamente de proveedores externos para bienes estratégicos. La concentración de cadenas productivas en Asia, la escasez de componentes industriales y la vulnerabilidad de sectores críticos obligaron a replantear muchas de las certezas que dominaron la política económica de las últimas décadas.
El nearshoring es una respuesta a esa nueva realidad, pero no necesariamente una solución suficiente. La discusión de fondo no es dónde se instalan las fábricas. La verdadera disputa consiste en determinar quién controla la tecnología, quién genera la innovación y quién captura el valor agregado de las nuevas cadenas productivas.
Para México, esta transición representa una oportunidad histórica. La integración con Estados Unidos ha permitido construir una poderosa plataforma exportadora. Sin embargo, gran parte de ella continúa basada en actividades de ensamblaje con limitada incorporación de tecnología nacional. La revisión del T-MEC prevista para los próximos años obligará a replantear esta situación.
La experiencia de Corea del Sur, Taiwán y China muestra que el desarrollo sostenido no depende únicamente de atraer inversión extranjera. Depende de construir capacidades nacionales, fortalecer proveedores locales, desarrollar tecnología propia y promover la reinversión productiva de las utilidades empresariales. Por ello, la discusión estratégica para México ya no puede reducirse a la disyuntiva entre libre comercio y proteccionismo. Tampoco consiste en elegir entre Washington y Pekín.
La verdadera pregunta es si el país será capaz de utilizar esta nueva etapa de reorganización de la economía mundial para impulsar una política industrial moderna que fortalezca sectores estratégicos como semiconductores, inteligencia artificial, electromovilidad, energías limpias y manufactura avanzada. El mundo que emerge será más competitivo, más tecnológico y más geopolítico que el que conocimos durante las últimas décadas. En ese contexto, las naciones que desarrollen capacidades productivas propias tendrán mayores posibilidades de prosperar.
Las grandes transformaciones históricas no ocurren únicamente cuando una potencia declina y otra asciende. Ocurren cuando los países intermedios comprenden la magnitud del cambio y actúan en consecuencia. México se encuentra frente a una de esas coyunturas excepcionales. La revisión del T-MEC, el nearshoring y la reorganización de la economía mundial ofrecen una ventana de oportunidad que difícilmente volverá a repetirse. La pregunta ya no es si América del Norte podrá recuperar el liderazgo perdido. La pregunta es si México aprovechará la transición para convertirse en protagonista de la nueva economía o si seguirá ocupando el papel de plataforma manufacturera dentro de cadenas productivas diseñadas por otros.
