Los turistas que vendrán a la CDMX por motivo del Mundial se preguntarán qué es lo que tienen que hacer para sentirse como todo un local por unos días. Algunos dirán que primero está ir a ver la lucha libre en la Arena México, una tradición de casi cien años. Los amantes de la naturaleza de la ciudad, por su parte, jurarán que no hay nada más chilango que recorrer los canales de Xochimilco en una trajinera, ver una chinampa y disfrutar de una quesadilla de flor de calabaza. La verdad es que ninguna de esas actividades son las más representativas porque no corresponden al día a día de la mayoría. Si un extranjero quiere empezar a entender cómo se vive aquí, o al menos cómo lo hacen millones de personas, lo primero que tendría que hacer sería levantarse bien temprano, salir de casa, desayunar una guajolota y partir hacia el metro confiando en que su tarjeta de movilidad no se haya quedado en la mesa.
El metro es, para bien o para mal, el corazón de la CDMX. Es imposible concebir una ciudad tan grande sin un sistema de transporte masivo como el metro, y de él dependen cientos de miles de personas todos los días para llegar al trabajo, reunirse con amigos o simplemente recorrer la ciudad por tan solo cinco pesos: 30 centavos de dólar. Incluso un mazapán es más caro. Tal como la ciudad que lo alberga, el metro es una mezcolanza entre el pasado y la modernidad: los trenes son modelos franceses de 1968 que están en constante mantenimiento, hay escaleras eléctricas de más de 30 años coexistiendo con otras que el gobierno de Clara Brugada recién acaba de instalar; a lado de las taquillas de antaño están maquinas en las que se pueden comprar y recargar las tarjetas que sustituyeron a los boletos con cinta magnética. Los que viajaron en su inauguración pueden ver con sus propios ojos cuánto ha aguantado y cuánto ha decaído. Los más jóvenes se preguntan si algún día va a mejorar. Y todos esperamos que resista la posible llegada de más de un millón de turistas el próximo mes.
Las voces piden al gobierno de la Ciudad de México renovar por completo el metro para que pueda cumplir con las exigencias del presente, y olvidan que el primer paso para lograrlo yace en replantear el modelo económico con el que ha sobrevivido durante 57 años. No hay otra manera de afrontar la situación: dar servicio cada año a más de un millón de pasajeros supone un desgaste enorme en la infraestructura, y el subsidio de $8 pesos por cada boleto (el costo real es de $13) solo alcanza para que cada línea sirva con interrupciones y atrasos cada vez más frecuentes. Algunas ciudades como Londres dividen sus servicios en zonas, y cobran dependiendo de la zona a la que se vaya o los cruces en el trayecto; en Seúl cobran dependiendo de la distancia recorrida; y otras, como París, tienen un esquema hibrido que cobra una tarifa plana dentro de la ciudad y una tarifa zonal fuera de ella. Un simple aumento general al costo del boleto no solucionaría el problema financiero y hasta sería un tanto injusto, puesto que no todos los viajeros tienen las mismas necesidades (por ejemplo, para llegar al metro, los pobladores del Estado de México tienen que gastar hasta $15 pesos) ni usan el metro de la misma manera. Ojalá que el Mundial, con toda la demanda extra que va a traer consigo, sea lo que abra esta conversación necesaria que hemos estado posponiendo por años.
