Hay jornadas en que Barcelona no se deja ni contar. Se cita y se explica a sí misma con una suficiencia casi modernista, que diría Gaudí si levantara la cabeza entre trecandissos y parábolas, y convierte toda crónica en un simple pie de página. Ayer pasó exactamente eso en un Godó que al mismo tiempo que perdía a Alcaraz ganaba la ilusión con este elegantísimo Jódar que a sus diecinueve años parece imparable.
