Siempre he sido de Jordan. Lo confieso antes de empezar. Soy de aquella suspensión en el aire, de esa lengua fuera, del último tiro contra Utah y de una competitividad que convertía cualquier título en una afrenta personal. Pero, siendo de Jordan, no puedo más que rendirme ante lo que representa LeBron James dentro, pero, sobre todo, fuera de la pista. Un deportista que, en su evolución, me ha obligado a mutar mi parecer sobre el profesional, la persona y su aportación al mundo.
