La visita a México de Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos, dejó una conclusión que ya no conviene disfrazar con lenguaje diplomático: el libre comercio en Norteamérica se terminó. No desaparecerá el T-MEC; se transformará en un acuerdo administrado, sujeto a aranceles sectoriales, exenciones condicionadas y prioridades de seguridad económica. Lo que viene no es una ruptura, sino una extensión dolorosa: continuidad formal del tratado con más requisitos, más controles y más discrecionalidad administrativa.
Los datos confirman que, aunque el cambio ya está en curso, el comercio de Norteamérica crece. En marzo, las exportaciones mexicanas sumaron 70 mil 727 millones de dólares, pero las ventas automotrices a Estados Unidos –el segmento más expuesto– cayeron 3.4 por ciento anual, mientras la manufactura no automotriz creció 43.9 por ciento. Esa brecha, inédita hasta hace poco tiempo, retrata el nuevo régimen: los aranceles ya están reasignando la actividad dentro de la propia plataforma exportadora mexicana.
Durante años se asumió que la integración regional tenía un piso inamovible: cumplir las reglas de origen bastaba para cruzar la frontera sin aranceles. Esa fue la lógica del TLCAN y, con ajustes, también la del T-MEC. Hoy el mensaje es distinto. Greer no vino a negociar un regreso a cero. Vino a decir que los aranceles al acero, al aluminio y a los vehículos son parte del nuevo marco. Marcelo Ebrard lo tradujo con realismo: no hay que sentir nostalgia por la época sin aranceles. México ya no negocia para restaurar el pasado, sino para acotar el daño y obtener ventajas.
La rebaja anunciada después de la visita de Greer confirmó esa lectura. La reducción de aranceles al acero y al aluminio de 50 a 25 por ciento, para productores de México y Canadá vinculados a cadenas automotrices, no representa un regreso al libre comercio. Es una rebaja condicionada. El Departamento de Comercio de Estados Unidos abrió la puerta solo para empresas que acrediten nuevas capacidades productivas en territorio estadounidense. El arancel deja de ser una barrera y se convierte en instrumento de relocalización: ya no se trata de producir donde sea más eficiente, sino donde aumente la capacidad industrial estadounidense.
Por eso el debate automotriz será el centro de la revisión. El T-MEC ya elevó la vara respecto al TLCAN: contenido regional de 75 por ciento para vehículos, compra regional de acero y aluminio, reglas laborales y certificaciones más exigentes. Llevar a 100 por ciento el origen norteamericano de componentes clave –motores, electrónica mayor, software– suena atractivo en Washington, pero equivale a rediseñar cadenas que tardaron décadas en construirse. La Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA) y los proveedores de autopartes lo han advertido: no se sustituye una pieza asiática por una norteamericana de un trimestre a otro. Hay homologaciones, contratos, costos y tiempos tecnológicos que ningún decreto resuelve.
Aquí aparece la contradicción central. La industria de Norteamérica no funciona como tres fábricas nacionales separadas, sino como una red. Un vehículo ensamblado en México incorpora autopartes de Estados Unidos; muchas exportaciones mexicanas son insumos que regresan a alimentar plantas estadounidenses. México es, además, comprador clave de bienes industriales de su vecino. Castigar indiscriminadamente a México encarece a la propia manufactura estadounidense.
Esa lógica económica, sin embargo, no es la que manda hoy en Washington. La política comercial de Trump no se mueve solo por eficiencia, sino por una idea de soberanía industrial.
En ese marco, el déficit comercial con México se interpreta menos como reflejo de una cadena integrada y más como evidencia de pérdida de empleos. La lectura puede ser incompleta, pero políticamente es poderosa. De ahí la probabilidad de la extensión dolorosa: el tratado sobrevive, pero el régimen efectivo es otro.
La pregunta relevante, entonces, no es si México seguirá teniendo libre comercio con EU. La respuesta es que no, al menos no en el sentido estricto en que lo entendimos desde 1994. La pregunta es si México puede seguir ganando aún en un sistema menos libre. Los datos sugieren que sí, con matices.
En el primer trimestre, las ventas externas mexicanas llegaron a 175 mil 586 millones de dólares, 17.9 por ciento más que un año antes; las no petroleras a Estados Unidos crecieron 28.2 por ciento y las manufactureras 29.5 por ciento. La plataforma sigue siendo competitiva por cercanía, escala, costos y experiencia manufacturera.
El dato del Instituto Nacional de Estadística y Geografía cuenta una historia precisa: México no está blindado, pero tampoco depende de una sola canasta. La fortaleza exportadora se desplaza hacia segmentos no automotrices, justo cuando las empresas globales buscan proveedores más cercanos y menos expuestos a China.
La oportunidad mexicana no consiste en pelear una batalla nostálgica por el libre comercio puro. Consiste en convertirse en el socio indispensable de la nueva Norteamérica protegida. Si Washington quiere cadenas menos chinas, más regionales y más seguras, México puede ofrecer algo que pocos países pueden replicar: frontera, escala industrial, costos competitivos y una relación productiva ya probada. Pero eso exige dejar de pensar que el T-MEC garantiza el futuro. Hoy el tratado es una plataforma, no un seguro.
Dos prioridades concretas marcarán la diferencia. La primera es acelerar la certificación de proveedores locales en autopartes, electrónica y dispositivos médicos, los sectores donde la sustitución de insumos asiáticos es factible en plazos cortos y donde Estados Unidos ya reasigna órdenes de compra. La segunda es ofrecer certeza regulatoria y energética verificable: sin garantías de suministro eléctrico y sin reglas claras en permisos, el nearshoring se queda en discurso.
Nuestro país debe demostrar que sin México, Estados Unidos será menos competitivo. El libre comercio en Norteamérica probablemente no volverá. La integración sí puede sobrevivir, e incluso profundizarse, bajo nuevas reglas, menos limpias y más políticas. Ya no es un mundo de fronteras abiertas por principio. Es uno de cadenas estratégicas por conveniencia. México puede salir bien librado si acepta que el juego cambió y negocia desde lo que realmente tiene: no la nostalgia del TLCAN, sino el valor actual de ser el eslabón más eficiente de la economía norteamericana.
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