Parece que nacemos y muy pronto despierta en nosotros la añoranza de una época en la que Dios, o los dioses, vivían entre nosotros y nos ayudaban a esquivar los obstáculos de la vida, y a evitar el más temido de todos, que es la incertidumbre. Una vez Dios se fue, vinieron las plegarias, los oráculos, el azar y la escritura. También entonces aparecieron los ángeles, para hacer de mensajeros entre él y nosotros. La autoconciencia también debió surgir entonces. Y la subjetividad. Y Sócrates, quizá Jesucristo, fue la primera de todas ellas. Entonces vino el uso de la razón, y la ciencia, para descubrir las leyes de la naturaleza, y así no solo entender el mundo, sino también saber qué demonios habíamos venido a hacer. Nos hemos pasado siglos intentando recuperar el trato directo con Dios, buscando una autoridad fiable e inequívoca que nos gobierne, aunque sea fría como la razón, ciega como las matemáticas, aunque sea caprichosa como el arte, mortal como la belleza, aunque nos encienda como una pasión, o seduzca como el amor. Todo eso hasta que alguien dijo que Dios había muerto. Desde entonces, desorientados, hemos caído en manos de líderes carismáticos, ideologías devastadoras, individualismos, materialismos, alienaciones, adicciones y tecnologías perversas. ¿Mientras tanto, los ángeles, dónde han ido a parar? ¿A qué dedican el tiempo libre? A finales del siglo XIX se lo preguntaba Rilke. Y en el año 1987, Peter Handke y Wim Wenders hicieron El cielo sobre Berlín, el inolvidable film que adoptaba el punto de vista de un grupo de ángeles sobre las almas desamparadas de los berlineses, dos años antes de que cayera el muro, cuando ya nadie buscaba a Dios y muchos empezaban a despedirse de las ideologías…
