A cuarenta minutos a pie del Bernabéu, se esconde uno de los dos únicos campos de tierra que todavía quedan en Madrid. En el barrio de Valdezarza, en el distrito de Moncloa-Aravaca, se levanta un pequeño muro de hormigón que cubre una realidad ochentera. Ya no es frecuente ver campos así, donde se deben pintar las líneas cada fin de semana y allanar la tierra, algo bacheada, mientras un coche abandonado yace en uno de los laterales. Un grupo de juveniles con los colores del Espanyol se entrenan mientras los jugadores del primer equipo llegan a cuentagotas. “Este verano cambiará y nos pondrán el césped artificial”, explica Enrique Fernández, Morci, el padre del Espanyol de Madrid, que cuenta con equipos de fútbol base desde alevín y con un amateur en Primera Regional, pero ahora solo tienen juvenil y absoluto ya que “los niños no quieren jugar en tierra”.
