La revisión del T-MEC no será sólo una cita jurídica. Será una prueba de visión.
El tratado prevé que, en su sexto aniversario, los tres gobiernos decidan si lo extienden por otros dieciséis años o si entra en revisiones anuales que prolongarían la incertidumbre. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿se usará la revisión como vía para administrar aranceles o como oportunidad para elevar la competitividad de América del Norte?
La diferencia es enorme. Un enfoque centrado en aranceles convierte al T-MEC en una aduana ampliada: un instrumento para castigar, condicionar y renegociar desde la presión.
Un enfoque de competitividad, en cambio, lo entiende como una plataforma industrial: reglas claras, cadenas de suministro más fuertes, energía disponible, logística confiable, talento técnico y certidumbre para invertir, pues las empresas no toman decisiones con base en discursos, sino con base en costos, reglas y capacidad real de producción.
Por eso resulta útil el documento del Task Force Binacional del Atlantic Council, copresidido por el exsenador republicano Roy Blunt y por Altagracia Gómez Sierra, publicado el pasado 20 de abril.
Su valor no está en defender el tratado como si fuera intocable, sino en mostrar cómo se vería una negociación proactiva.
La propuesta no es pedir indulgencia frente a Washington, sino construir una agenda regional: sustitución gradual de insumos por componentes regionales, simplificación de reglas de origen, eliminación de aranceles bajo la Sección 232 a cambio de un arancel externo común sobre acero, uso de blockchain e inteligencia artificial para verificar trazabilidad, mapeo conjunto de inversión china en autopartes y atención a las 54 barreras no arancelarias que Washington ha identificado en México.
La palabra clave es: gradualidad. América del Norte no puede decretar de un día para otro la sustitución de todos los insumos que hoy vienen de fuera de la región.
Algunos componentes —acero, plásticos, partes simples— pueden regionalizarse con mayor rapidez. Otros, como baterías, chips especializados o circuitos automotrices, requieren años de inversión y desarrollo de proveedores. Endurecer reglas de origen sin construir antes oferta regional puede elevar costos y debilitar a las industrias que se busca proteger.
La experiencia automotriz lo confirma. La Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos ha encontrado que las reglas de origen del T-MEC tuvieron efectos mixtos: impulsaron a productores de partes y materiales, pero también afectaron a fabricantes de vehículos ligeros, modificaron flujos de importación desde México y Canadá y elevaron ligeramente el precio promedio de los vehículos en Estados Unidos. La lección es clara: reglas más estrictas no siempre significan mayor competitividad.
Lo mismo ocurre con la resiliencia de las cadenas de suministro. La OCDE ha advertido que relocalizar agresivamente podría reducir el comercio global en más de 18% y el PIB real mundial en más de 5%, sin mejorar consistentemente la resistencia frente a choques. La solución no es la autarquía; es la diversificación inteligente.
México debe llegar a la revisión con esa lógica. No basta con pedir que se eliminen aranceles o que se respete el tratado, aunque ambas cosas son indispensables. Tiene que presentar una agenda industrial regional: energía suficiente, infraestructura fronteriza moderna, aduanas predecibles, certeza para IMMEX, certificaciones no duplicadas, seguridad logística y talento técnico.
El Plan México ya habla de relocalización, más contenido nacional y regional, mayor proveeduría local y sectores estratégicos. El reto es convertir esas metas en compromisos verificables.
Acero y autos anticipan el dilema. Si la revisión se usa para normalizar aranceles bajo argumentos de seguridad nacional, el T-MEC seguirá existiendo como texto, pero perderá su principal activo: la certidumbre. Si, en cambio, se usa para crear mecanismos comunes de trazabilidad, vigilancia aduanera, cumplimiento de reglas de origen e intercambio de información, la región podrá responder a la competencia china sin castigarse a sí misma.
La pregunta no es si México debe defenderse. Por supuesto que debe hacerlo. La pregunta es si se defenderá sólo administrando daños o proponiendo una arquitectura de competitividad.
Una negociación proactiva no se limita a decir “no” a los aranceles; ofrece una alternativa superior: producir más en América del Norte, con mejores reglas, mejores datos, mejores instituciones y menores costos.
El T-MEC no debería ser el pretexto para levantar nuevas barreras. Debería ser la base de una política industrial regional.
Si la revisión de 2026 se convierte en una plataforma para imponer aranceles, los tres países perderán inversión, escala y confianza. Si se convierte en una agenda para fortalecer cadenas productivas, simplificar reglas y dar certidumbre, América del Norte puede salir con un tratado vigente y una estrategia común para competir.
