Durante el Mundial de Francia de 1998, EE.UU. e Irán, entonces ya enfrentados diplomáticamente, disputaron un partido difícil, sobrecargado en las semanas previas de munición político-retórica destinada a enrarecer el encuentro en lugar de pacificarlo. Si no pasó nada fue en gran parte gracias al papel de los futbolistas, cuya valentía (qué tiempos aquellos), ejerció de amortiguador de los generadores del odio: cada jugador iraní saltó al campo con un ramo de flores blancas y los integrantes de ambas selecciones posaron mezclados antes de empezar. La imagen conmovió al mundo pero no al líder supremo de entonces, Ali Jamenei, quien aprovechó la victoria de su país (2-1) para retroceder de inmediato el centímetro recorrido: “El enemigo es grande y arrogante y les hemos hecho probar de nuevo el amargo sabor de la derrota”.
