“Hay tres cosas que no se pueden predecir: Dios, el sexo y la UE”. Con su ironía habitual, el primer ministro albanés, Edi Rama, comentaba de este modo hace una semana la incertidumbre que rodea el proceso de adhesión de su país -y de otros estados balcánicos- a la Unión Europea. Si es cierto que Europa tiene cosas imprevisibles, también lo es que otras son perfectamente pronosticables: cuando se toca el núcleo de la soberanía nacional -y la defensa es el reducto esencial- los intereses particulares se acaban imponiendo al interés europeo. Esta es la mayor dificultad -y no la OTAN, ni Estados Unidos, ni el dinero- al que se enfrenta la aspiración de una defensa común europea. Y, más allá, la apuesta por una verdadera autonomía geoestratégica.
Internacional Plomo en las alas
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