“Que me entierren con la picha por fuera para que se la coma un ratón”. Se escucha Extremoduro a tope en los exteriores de Vallecas, en la calle Payaso Fofó, y el reguero de hinchas desfila con un cartel en la mano: “SOS”. Tres letras que condensan una historia de dejadez, injusticia y quejío, pero también de orgullo, el de un club de barrio que juega en Europa, centenario y visceral aunque solo el equipo y su gente desprendan vitalidad. El resto es hastío, ruinas, como las del estadio de Vallecas.
