Ahora que marca goles en el Espanyol, nadie discute a Pere Milla, un futbolista que no deja indiferente. Quizás porque de adolescente, cuando ni mucho menos imaginaba que podía alcanzar el fútbol profesional, servía cafés en el restaurante de su madre o recogía fruta en la Terra Ferma ilerdense, y eso le hizo desconfiado; superviviente en un fútbol que le engañó, como aquella aventura efímera en Sudáfrica que respondía a las intenciones sombrías de un representante. “Hay que meter la cabeza en un ventilador”, tiene como leitmotiv. Un soldado para ir a cualquier guerra.
