Mientras durante los últimos dos años discutimos si el nearshoring había sido un éxito o una decepción, una de las transformaciones industriales más importantes de las últimas décadas avanzaba prácticamente fuera del radar.
México se convirtió en una pieza estratégica de la infraestructura que hace posible la revolución mundial de la inteligencia artificial. Y esa historia comienza, sobre todo, en Ciudad Juárez y Guadalajara.
Las cifras ayudan a dimensionar el cambio. En 2025 las exportaciones mexicanas de máquinas para el procesamiento de datos —la partida 8471 del Sistema Armonizado, donde se clasifican los servidores para centros de datos— alcanzaron 85 mil 416 millones de dólares, 144.8 por ciento más que un año antes. Entre enero y abril de 2026 ya sumaban 53 mil 199 millones de dólares, equivalentes a 21.5 por ciento de todas las exportaciones del país. Sólo en abril ascendieron a 18 mil 230 millones de dólares, un incremento anual de 232 por ciento.
Sin embargo, las cifras por sí solas no explican el fenómeno. Detrás de ellas hay inversiones multimillonarias, empresas globales y un nuevo mapa industrial que está modificando la especialización manufacturera del país.
El principal epicentro se encuentra en Ciudad Juárez. Ahí se consolidó un poderoso clúster encabezado por fabricantes taiwaneses como Foxconn, Inventec, Pegatron, Wistron, Quanta y Wiwynn, compañías que producen buena parte de los servidores utilizados por los grandes operadores de nube y las plataformas de inteligencia artificial.
Foxconn, el mayor fabricante de electrónica por contrato del mundo; Inventec, uno de los principales productores de servidores de alto desempeño; y empresas como Quanta y Wiwynn forman parte del reducido grupo de compañías que hoy abastecen la infraestructura física sobre la que corre la economía digital.
Según el gobierno de Chihuahua, las inversiones taiwanesas en Ciudad Juárez rondan los 3 mil millones de dólares en los últimos cuatro años y han generado más de 25 mil empleos. Chihuahua se convirtió en 2025 en el principal estado exportador del país, impulsado en buena medida por la fabricación de equipo de cómputo y comunicaciones. De acuerdo con estimaciones del propio clúster industrial, desde las plantas juarenses se ensambla una parte muy significativa de los servidores utilizados por Amazon, Meta, Microsoft y Google.
La expansión continúa. Inventec confirmó recientemente una inversión adicional de 450 millones de dólares para ampliar su complejo industrial, incorporar 45 nuevas líneas de producción y crear más de seis mil empleos. El perfil de esta industria también está cambiando: cada vez demanda menos mano de obra intensiva y más técnicos e ingenieros especializados.
El segundo gran polo es Jalisco. Sobre una plataforma manufacturera desarrollada durante tres décadas por empresas como Intel, IBM, HP y Flex, Foxconn construye una planta para ensamblar servidores basados en la plataforma GB200 de Nvidia. La propia empresa la ha descrito como la mayor instalación del mundo para producir esta nueva generación de equipos, impulsada por la explosión de la demanda de inteligencia artificial.
Durante tres décadas la industria automotriz fue el símbolo de la integración manufacturera entre México y Estados Unidos. Hoy empieza a surgir un nuevo eje de integración, menos visible pero potencialmente más dinámico: la infraestructura física sobre la que funcionará la economía de la inteligencia artificial.
La ventaja mexicana combina tres factores difíciles de replicar: cercanía con Estados Unidos, una plataforma manufacturera madura y las ventajas del T-MEC. Pero esa fortaleza también revela una vulnerabilidad. México participa sobre todo en la integración y el ensamble. Los chips, el software, la ingeniería y la mayor parte de la propiedad intelectual siguen generándose fuera del país.
Paradójicamente, el propio éxito del sector podría convertirlo en uno de los temas sensibles de la próxima revisión del T-MEC. Washington observa con creciente atención el contenido asiático de los productos electrónicos y las reglas de origen podrían convertirse en un punto central de la negociación.
México ya encontró un lugar en la cadena productiva del negocio tecnológico con mayor crecimiento del planeta. La verdadera prueba apenas comienza. Si logra desarrollar proveedores nacionales, ingeniería y tecnología propias, esta ola podrá transformar de manera permanente la estructura industrial del país. Si no, correrá el riesgo de repetir una historia conocida: fabricar las máquinas que están cambiando el mundo sin participar plenamente en el conocimiento que las hace posibles.
