¡Qué viaje, esta Liga! Vamos, subid todos, que el autocar se pone en marcha. El conductor es un alemán ponderado, exigente, protector y tan delicioso como el pan, con corteza por fuera pero con miga tierna por dentro. Ha puesto el aire acondicionado porque estamos en pleno verano. Y el viaje empieza todavía con el eco del ruido de la fiesta de los 18 años de Lamine Yamal, con el incendio en la portería, estrenando la novedad de Joan Garcia y la mala digestión de Ter Stegen. Pero aprieta el gas y suenan las guitarras de AC/DC porque sabe que el trayecto no tendrá nada fácil, será toda una autopista en el infierno. Y el primer tramo del viaje es como la batería del tema, obstinado, preciso, con determinación, infalible. Arranque fulgurante, con seis victorias –algunas con goleadas de escándalo– y tan solo un empate. Con toda la plantilla dentro del autocar levantando los brazos, haciendo los cuernos con los dedos y cantando al unísono Highway to hell! Así llegan a Sevilla. Frenazo en seco, todo el mundo dándose de cara contra el asiento delantero y cambio de música. Suenan los primeros acordes de Lucha de gigantes y enseguida la voz rota, cansada y herida de Antonio Vega. Cristalizan las dudas sobre el sistema, sobre la altura de la línea del fuera de juego… En un mundo descomunal siento mí fragilidad. Y, con esta banda sonora y un rosario de bajas importantes, Flick conduce el equipo hacia el clásico. Vaya pesadilla, corriendo con una bestia detrás. Dime que es mentira todo, un sueño tonto y no más. Mentira no es, este 2 en 1. Tan cierto como que la derrota resucita a un equipo que sale del Bernabéu cabizbajo y a cinco puntos de los líderes ufanos de la Castellana. Entonces, el conductor vuelve a coger el volante, aprieta el play para que arranque Cacho a cacho de Estopa, aprieta el acelerador, pone segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta… ¡acelera un poco más! y coge un ritmo de vértigo insultantemente estable. Nueve victorias consecutivas y la inyección de magia que supone volver a aparcar el autocar en casa, en el Camp Nou. El exilio de Montjuïc se ha acabado, los culés vuelven a sentirse cerca, vuelven a impulsar a los jugadores con sus cánticos y el Volcans de Búhos entra en erupción con cada gol blaugrana.
