El genio triunfador y destructor

Será una digna culminación para un genio político destructor. La elección presidencial fue ganada por Claudia Sheinbaum y el artífice de esa contundente victoria fue Andrés Manuel López Obrador. En cierta forma, la reelección que el tabasqueño tanto soñó. No estaba su nombre en la boleta electoral, pero sí para millones. Alcanzó su sueño: restaurar a la presidencia omnipotente que conoció en su juventud. El futuro político de México, como su pasado, estará entre las sombras del autoritarismo demagógico.

Porque en el priato el presidente era el Rey Sol, pero solo en su sexenio. El PRI trasladaba su lealtad al nuevo monarca, quien era razonablemente respetuoso de leyes y jueces (de 1946 a 1988 todos los presidentes, menos uno, fueron licenciados en Derecho). El Movimiento Regeneración Nacional, en cambio, tiene dueño. La ganadora de la elección es la primera en proclamar su lealtad a AMLO y su proyecto, que incluye destruir la Suprema Corte, el INE y el INAI, entre otras instituciones.

Solo un mesiánico con un genio político fuera de serie pudo plantearse crear un nuevo partido y lograr el éxito. Fue también quien al necesario rescate bancario de Ernesto Zedillo lo transformó en una palabra de toxicidad política extrema: Fobaproa. Vicente Fox le proporcionó la excusa para erigirse en mártir de la democracia: el desafuero. A Felipe Calderón lo minó proclamándose presidente legítimo, clamando contra los gasolinazos y la “guerra de Calderón”. Todos los errores de Peña Nieto fueron cuidadosamente explotados y magnificados, y lo acabó desacreditando por completo, erigiéndose en la opción electoral de millones en 2018.

Desde el poder construyó pacientemente el aparato que acaba de mostrar toda su potencia. Entregó dinero a todos, pero los que más lo valoraron eran quienes menos tenían. Sus servidores (que no de la nación) se encargaron de machacar a lo largo de los años a quien se le debía ese recurso que trajo no solo sustento, sino un potente elemento de dignidad a millones de personas y sus familias.

Lo que surgió fue una profunda disociación: quien por primera vez había pensado en los pobres y los tomaba en cuenta eran el presidente y Morena. Si faltaban medicinas, se cerraban estancias infantiles, quitaban comedores comunitarios, no había cita en la clínica o cama en el hospital, eso era culpa del gobierno, aparte de que los malos servicios públicos no eran precisamente una novedad. Lo nuevo y potente era el dinero cada bimestre esperando en el cajero automático o dentro de un sobre.

Como dijo el propio genio destructor en 2023, en un aparente desliz, “… ayudando a los pobres va uno a la segura, porque ya sabe que cuando se necesite defender, en este caso la transformación, se cuenta con el apoyo de ellos, no así con sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad. Entonces no es un asunto personal, es un asunto de estrategia política”.

Fueron las palabras que mostraron, con extraordinaria claridad, su estrategia y lo que finalmente ocurriría en junio de 2024. Un genio político al que, por desgracia, impele la visión de un gobierno en que el poder presidencial no tiene límites o contrapesos institucionales. Un hombre al que desde 2006 lo empuja, además, el rencor hacia todos aquellos a quienes atribuye su entonces derrota. Pero el triunfo final fue suyo. La democracia muere en la oscuridad y AMLO apagará las luces con el decidido aplauso de Claudia Sheinbaum.

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