A la vuelta de la esquina

Finalmente, el tan anhelado día ha llegado. Nos referimos, no necesariamente, al 2 de junio, que será decisivo para el futuro de la República, sino a la larga, tediosa y conflictiva campaña electoral.

Durante el larguísimo proceso iniciado, aún informalmente, con la unción de las corcholatas, hemos sido testigos de casi todo, en un ambiente paulatina y silenciosamente enrarecido, que fue creciendo en tono e intensidad a medida que fue formalizándose el activismo de las diferentes fuerzas políticas en pugna.

Las coaliciones oficialista y opositora han recurrido a prácticamente todo tipo de herramientas discursivas, desde la descalificación, la denuncia pública, hasta el insulto personal, cuyo eje se ubica en señalamientos mutuos de mentiras y corrupción, que han venido siendo nutridos por la copiosa producción de publicaciones diversas en medios noticiosos donde se exhibe la probable participación de personajes relevantes de la vida pública en actos apartados de la legalidad y, por lo tanto, constitutivos de delitos.

La andanada de acusaciones mutuas, aunque de diferentes calibres por su naturaleza y magnitud, contribuye a la incertidumbre y a la desesperanza social. Es común en las charlas de sobremesa la expresión tan conocida de “todos son iguales” o “no hay a quién irle”, lo que se traduce como la indecisión que flota en el electorado sobre la orientación de su voto, pese a lo que se perciba en las flamantes y abrumadoras encuestas.

El arroz no está cocido y el dos de junio no será un mero trámite. Hay indicios que hacen estimar una jornada tórrida, de confrontación social en diferentes regiones del país, en donde, de manera conveniente para algún interés, podrá alentarse o neutralizarse la participación ciudadana: movilizaciones sociales; enfrentamientos armados; secuestros y ejecuciones; impedimento para la apertura y operación de las casillas; robo de urnas y, en general, todo tipo de intimidación y artimañas podrán estar presentes.

Por su parte, ambos bandos contendientes coinciden en hacer un llamado a la participación masiva de la ciudadanía como la única forma de garantizar el triunfo claro y contundente que excluya la posibilidad, por cierto, muy alta y nada deseable, de que el resultado tenga que decidirse en tribunales.

Se ha definido a esta como la madre de todas las elecciones, pero no solo lo será por la cantidad de cargos que se ponen en juego en el escenario político, sino porque será un evento definitorio para el futuro del país, para el arreglo interno del Estado, para la supervivencia y trascendencia de la vida institucional.

En suma, progreso o retroceso, según el enfoque que cada facción le imprime a su oferta y que en términos reales se traduce en la manera en que se estructurará el intercambio social de la actual y las generaciones venideras, en condiciones de armonía, seguridad y paz para su desarrollo integral, “como en Dinamarca”.

Esto es lo que realmente importa.

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