Tensión en Irán

La muerte este domingo en lo que aparenta ser un accidente aéreo del presidente de Irán, Ebrahim Raisi (63 años), aumenta las tensiones del país islámico, por el difícil momento que vive el Medio Oriente.

El presidente Raisi era un ultraconservador del sector más radical de la política iraní, considerado incluso como potencial sucesor del líder supremo, Alí Jamenei (85 años).

El ayatola Jamenei es el único sucesor desde la muerte del líder de la Revolución Islámica de 1979, el ayatola Jomeini.

Raisi era considerado un aspirante y sucesor natural por su visión radical del islam, y su coincidencia con múltiples medidas dictadas al paso de los años. Fue el responsable de la represión a protestas sociales en 2022, que exigían cambios a las leyes más severas, como la imposición obligatoria de la hiyab.

Con la muerte de Raisi aparece una crisis sucesoria al no existir, de forma automática, otros líderes con la envergadura en la rígida estructura política y religiosa de los ayatolas.

El presidente viajaba en helicóptero de una zona fronteriza a una refinería, escoltado por otras dos aeronaves, que, por cierto, llegaron intactas a su destino. Aparentemente una falla técnica, en el reporte oficial del gobierno, fue la causa del accidente.

Junto a Raisi fallecieron otras ocho personas, entre funcionarios y líderes religiosos, como el ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Hussein Amir-Abdolahain.

El líder supremo (jefe de Estado y comandante de las Fuerzas Armadas), el ayatola Alí Jamenei, decretó ayer lunes que ocupe la Jefatura del Gobierno el vicepresidente Mokbahr. La Constitución iraní señala que se tendrá que convocar a elecciones en un plazo máximo de 50 días.

La convocatoria circuló ayer mismo, estableciendo los comicios para el 28 de junio.

Sin embargo, las expectativas de un cambio interno en Irán se ven lejanas.

Según los centros de estudios iraníes en el extranjero, en Londres y en Washington, la baja participación de la ciudadanía en comicios recientes apunta a un desencanto y desaliento generalizado entre la población.

El extremismo religioso y la interpretación radical del islam por la escuela establecida por los ayatolas hace suponer que más líderes extremistas llegarán al poder y al gobierno incluso, cuando se designe al sucesor del máximo ayatola, Alí Jamenei.

Ante la incursión israelí en la embajada de Irán en Damasco, en meses recientes, el tono de intercambio entre estos dos países encendió luces de alerta.

Ante la gravedad del conflicto entre Hamás e Israel, las posturas y pronunciamientos del gobierno de Irán habían sido mucho más enérgicos y críticos de Netanyahu y su gobierno.

Con el gobierno de Trump, el inicial acercamiento y acuerdo de desarme entre Estados Unidos e Irán encabezado por el presidente Obama, el programa de desmantelamiento del uranio enriquecido, fue interrumpido abruptamente.

Por todo esto, el mundo ignora hoy con precisión si Irán tiene o no capacidad nuclear, aunque muchos expertos en Europa y Washington consideran de medias a altas las probabilidades de este tipo de armamento en su posesión.

Las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos bajo Trump, y mantenidas por Biden, han estrangulado la economía iraní, que se vio forzada a regresar su petróleo de los mercados internacionales.

Se sabe que le vende a Rusia, a China, a varios países árabes, sólo como una forma de subsistencia.

La tensión con un cambio de gobierno en Irán y la eventual crisis por la sucesión del líder supremo pueden conducir –si acaso fuera posible– a figuras mucho más radicales, beligerantes y confrontativas al frente del país islámico.

Irán –de mayoría chiíta– es gobernado por una teocracia encabezada por los ayatolas, en el poder desde hace 45 años con la Revolución Islámica que derribó al sha Mohamed Reza Pahlevi.

Desde entonces la relación con Occidente, y en especial con Estados Unidos, ha estado permanentemente marcada por la tensión y las acusaciones mutuas. Sólo bajo la presidencia de Barack Obama (2008-2016) la diplomacia americana construyó un acercamiento y entendimento inicial que levantó sanciones y permitió la venta de petróleo iraní en los mercados internacionales a cambio del desmantelamiento –supervisado– del programa de uranio enriquecido.

Con la llegada de Trump (2017) todos estos avances fueron eliminados.

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